Territorios de papel o la niña que habitaba los libros.
- Martha Elena Loaiza
- 1 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 13 feb

A los cinco años, el mundo se dividió entre lo que existía y lo que estaba escrito.
En el olor del papel y el dibujo de las letras el tiempo se detenía. Los libros eran un lugar donde cada palabra era una piedra firme sobre la cual nada podía lastimarla.
A los once años y con la partida de la abuela, el aire se volvió pesado y el silencio se instaló en los pasillos como un habitante nuevo de la casa; los pasos firmes de Antonia se volvieron eco, dejando en su lugar una quietud que solo sabe pronunciar su ausencia.
El polvo, se posó sobre la vieja máquina de coser Pfaff. Su estructura de hierro, se hundió en una mudez dolorosa; el pedal, que solía marcar el compás de las horas bajo los pies de la abuela, ahora dormía. La aguja quedó suspendida en el aire, como si el tiempo se hubiese congelado en medio de una costura invisible.
Elena, niña, se hundió en una soledad aún más profunda. Fue entonces cuando las letras y el aroma del papel se revelaron como su verdadero refugio. Aquel santuario contra la ausencia se instaló en la penumbra del sótano. Allí, el tiempo no solo se posaba sobre la maquinaria inerte, sino que custodiaba una pequeña biblioteca que ella hizo suya.
Los libros pasaron a ser su patria real. Envuelta en el silencio, el mundo exterior perdía su peso y cada historia le devolvía el aire, alejándola de las tensiones de la casa. Cada página pasada en la quietud de la lectura era un bálsamo a su pequeño corazón; el aroma a tinta y encuadernación antigua era lo único que lograba sostener su universo mientras afuera el tiempo seguía su curso.
A los quince, caminar hacia la biblioteca pública no era un paseo: era una huida. Cada paso que la alejaba de casa aliviaba el pecho. El silencio de la biblioteca era su templo. Leía con voracidad para no oír lo que dolía, aceptando el refugio de las letras como una tregua necesaria.
Cruzar el umbral de la Biblioteca Piloto, era dejar de ser una prisionera de su timidez y su cuerpo. Afuera, en las calles de Medellín, el cuerpo era un territorio invadido, marcado por dedos extraños y miradas que pesaban como una sentencia. Allí, entre los estantes, la timidez no era una debilidad, sino un escudo. En la Biblioteca Piloto, no tenía cuerpo: era solo una mente que no regresaba a casa. sentada ante una mesa de madera, se mudaba a Massachusetts. Louisa May Alcott le prestaba una madre, una chimenea y cuatro hermanas; sus páginas eran el antídoto contra el rastro sucio de las miradas en la calle. Había una ironía cruel en ese reflejo: su piel tenía una lozanía que el mundo interpretaba como una invitación. A diferencia de las manos lascivas en el autobús o en la esquina, las páginas de Louisa May Alcott eran caricias seguras. El papel no buscaba poseerla; buscaba sostenerla.
Afuera, los hombres no eran personas: eran “ojos”, “manos”, “silbidos”. Adentro, el olor a papel viejo, el mármol, el silencio que no juzga. Allí simplemente era una lectora.
Cerrar el libro de Alcott era como clausurar una casa. El golpe de las tapas contra las páginas era el sonido de una sentencia. Se quedaba unos segundos con las manos apoyadas sobre la portada, intentando retener el calor del libro.
Salir de la Piloto era dejar atrás el silencio sagrado para hundirse en el rugido de la calle. El trayecto, cualquiera que fuera, era una carrera de obstáculos cuyo premio era llegar intacta. Caminaba con el paso rápido y rítmico, fijando la vista en las baldosas flojas o en el talón de quien iba delante, evitando a toda costa que sus ojos se cruzaran con los de la fauna apostada en los zaguanes.
Leer no era un pasatiempo; era un proceso de desinfección. Entre las páginas, volvía a ser la niña de cinco años que solo quería descubrir el mundo, antes de que el mundo decidiera descubrirla a ella de la peor manera.
A los diecisiete, se encontró con una obra que la superaba: El último mohicano. mientras ella intentaba levantar los cimientos de su propia vida, los nombres ásperos de James Fenimore Cooper, le resultaban tan distantes como ramas secas. Ella ya no tenía espacio para comprender la tristeza del "último" de una sangre. Mientras el autor narraba el ocaso de una raza, ella creía estar inaugurando el amanecer de una familia.
La vida se volvió más urgente que la literatura. Ahora su mundo empezaba a ser habitado en casas llenas de ecos, las voces y mandatos ancestrales habían tomado posesión de su ser.
Sólo con los años y los silencios acumulados, comprendería que finalmente, la vida y la lectura terminan por ser el relato de cómo sobrevivimos a nuestro propio mundo, guardando en el pecho el calor de aquel primer libro que nos salvó a los cinco años.
"Con amor a la niña que un día fui y que, desde un rincón de mis recuerdos, me habita esperando ser redimida."
Para ti mi niña.
Con amor: Elena L.

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