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Seguir de pie cuando el alma se ha arrodillado.

Actualizado: hace 22 horas


Amanece…

El amanecer en Cali en 1957, lejos de todo y, aun así, rodeada de ruido, era un despertar lleno de señales de vida.


La luz llega tibia, filtrándose entre la neblina baja que sube del río Cali y se queda un instante suspendida sobre los techos de teja. Los gallos cantan desde los patios de los vecinos, mezclados con el golpe seco de una puerta de madera, el arrastre de una escoba sobre el piso de cemento, un camión viejo tosiendo al arrancar.

En algún punto cercano, una mujer encendió el fogón de leña y el humo tiene un olor doméstico, inevitable.

Y los primeros pregones —pan caliente, carantoñas, leche recién ordeñada— se anuncian con voces graves.


La ciudad está despierta.

Es una Cali trabajadora, marcada por la violencia reciente, por las migraciones forzadas. Con todo el amanecer promete resistencia, tiene belleza.

Cuando el sol asoma detrás de los cerros, el ruido parece ordenarse, como si cada sonido supiera exactamente cuándo entrar.


Ester se arregla y se dirige a la galería de mercado.

 Entra a la galería de mercado de Cali. El aire esta cargado de olores a cilantro, a frutas maduras y de voces que se superponen sin escucharse del todo. Cada paso resuena en el piso húmedo, y por un instante siente que no camina sola: el pasado va a su lado.

Entre los puestos de granos y canastos de mimbre, una mujer la observó con atención. Tenía el cabello recogido en un moño y las manos marcadas por los años de trabajo.

—¿Ester…? —dijo con una sorpresa que le tembló en la voz.

Era una amiga de su madre, compañera del antiguo pequeño restaurante, que habían sostenido en la plaza, cuando la vida todavía parecía una lucha compartida. Se miraron con esa mezcla de reconocimiento y extrañeza que traen los años y en ese gesto breve se acomodaron días de silencio.

Hablaron de la época en que la familia emigró de Zarzal a Cali, cuando su madre Antonia, llegó con más hijos que certezas. Recordaron el cansancio de los primeros días, las ollas humeantes en el comedor y la esperanza, siempre la esperanza de un día mejor. Cali era entonces una promesa dura, pero promesa al fin.


Ester escuchaba a la mujer y asentía. Esas palabras abrían compartimentos que creía sellados. Pensó en su madre joven, con el delantal impecable y la espalda erguida; pensó los baúles, testigos mudos de tantas mudanzas, guardianes de lo poco que habían logrado salvar en sus huidas.

La galería seguía viva a su alrededor, pero Ester estaba en otro tiempo. Supo entonces que no había entrado allí por casualidad.

Recordó el día en que su madre llegó por primera vez a la plaza de mercado. Venía vencida por el dolor de haber perdido a su hijo de nueve años, tragado por el río sin aviso ni despedida. Desde entonces, el agua dejó de ser agua y se volvió amenaza, recuerdo, culpa.

La madre caminaba entre los puestos con la espalda recta, como si el cuerpo no supiera todavía que el alma estaba rota. Nadie en la plaza conocía su historia, y ella no la dijo. En el rostro moreno, aún joven, se le mezclaban el cansancio y una dignidad terca, de esas que no piden permiso para existir. Ella, la madre, no hablaba del niño ahogado. Pero cada vez que pasaba cerca del agua, algo en ella se detenía un segundo, apenas un segundo, como si el río volviera a llamarla.

Fue allí, en la plaza, donde la madre empezó a entender que el dolor no se va, pero se aprende a cargar. Que trabajar era una forma de seguir respirando. Que vivir, aun rota, también era una obligación.

Ester supo, muchos, muchísimos años después, que esa fue la herencia más dura que recibió: la de los duelos que no saben nombrarse.


El silencio que dejó su hermano después del río.

Desde el día que al hermano pequeño se lo tragó el rio, la casa se volvió más grande y más fría. Faltaba una risa, un par de pasos corriendo, un nombre que nadie volvió a decir en voz alta. La madre caminaba por los cuartos como si contara ausencias, y aprendieron a no hacer preguntas, porque las preguntas abren grietas que nadie sabía cerrar.

Por las noches Ester aún niña soñaba con agua. No con el río como era antes, sino con un río oscuro, sin orillas, que se llevaba las voces. Se despertaba sobresaltada, con el pecho apretado y una culpa que no sabía de dónde venía.

Fue entonces cuando Ester comenzó a guardar cosas pequeñas e inútiles.  No sabía para qué, solo sentía que perder era demasiado fácil y que tal vez, si conservaba objetos, el mundo no se desmoronaba. Años después, ese impulso tendría un nombre y una forma: el baúl de hojalata.



 
 
 

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