top of page

María y sus memorias o el campaneo del sangrero.

Actualizado: hace 20 horas



El baúl de hojalata le recuerda a María otro baúl, ese que llevaba años recostado junto a la pared, debajo de una ventana por donde entra la luz de la tarde. Tenía la pintura comida por el tiempo y una cerradura cansada que chirriaba cuando se le forzaba la memoria. María pasó la mano por encima antes de abrirlo, como quien despierta a alguien que lleva mucho rato dormido.


Ese baúl había caminado más que muchas personas. Había cruzado caminos de polvo, subido a camiones, dormido en casas prestadas, acompañado mudanzas hechas con prisa y despedidas en silencio. No guardaba oro, guardaba otra cosa más pesada: la vida.


Cuando levantó la tapa, salió primero el olor: una mezcla de madera vieja, ropa guardada y campo húmedo. Ese olor no venía del presente; venía de Zarzal, del corredor ancho, del frijol secándose al sol, del sudor bueno del trabajo. María metió la mano despacio. Sacó una Biblia pequeña, con las hojas amarillas, y después una foto doblada donde todavía aparecía el papá, serio, derecho, con la mirada firme.

Ella se quedó quieta, porque en ese instante no estaba sola. Estaba el papá contando historias mientras desgranaban maíz; estaba la mamá joven, fuerte todavía, cantando bajito mientras barría. El baúl no guardaba cosas, guardaba voces.

María cerró los ojos un momento y se sentó frente a él, como se sentaba de niña en el corredor cuando llegaba la hora del cuento. Y empezó a recordar.

Recordó el campaneo del sangrero, los viernes de camino a la finca, la quebrada crecida, el internado de Guacarí, la noticia del hermano ahogado, la escasez entrando despacio por la puerta y sentándose a la mesa, la salida de Zarzal, la llegada a Cali, el primer trabajo, el cansancio, la vida. Todo estaba ahí. Ordenado, limpio y vivo.


Cuando murió el papá, la casa se sintió grande y vacía al mismo tiempo, faltaba la voz que ordenaba el día. La mamá caminaba despacio, como si el piso se hubiera vuelto blando. Fue entonces cuando los misioneros sugirieron llevar a las mayores internas al colegio cristiano de Guacarí.

El internado quedaba en un pueblo de una sola calle larga, en una casa vieja, de corredores anchos y puertas altas, y olía a jabón y a comida de madrugada. Allí todo tenía horario: levantarse, orar, estudiar, barrer, comer, volver a orar. Nada se hacía de prisa, pero tampoco sobraba tiempo para pensar mucho. María extrañaba el corredor lleno de flores de su casa, el ruido del frijol cayendo, la voz de su padre. En Guacarí el silencio no era silencio de monte, sino silencio encerrado.


Un mediodía, llegó una señora de Zarzal preguntando por las niñas. La directora las llamó y caminaron juntas hacia el corredor. María sentía que las piernas le pesaban como si llevara costales amarrados. La señora no dio vueltas: "Niñas… su hermanito Julio se ahogó en el río". Eso fue todo. No dijo más, no hizo ruido. Lo soltó así, seco, como quien deja caer una piedra en el agua. Julio tenía ocho años, era inquieto, risueño, ligero de pies. Siempre andaba detrás de ellas. Ahora se había quedado en el río, solo, lejos.


Y así, en ese internado de Guacarí, entre oraciones, cuadernos y silencios, empezó de verdad la orfandad.

Después de la muerte del niño, la casa quedó torcida, como cuando un rancho pierde un horcón. La madre caminaba despacio, se sentaba largos ratos con las manos quietas sobre el delantal, y miraba a María desde lejos.

Una tarde le dijo: "Usted ya está muy grande". No era un halago, era una sentencia.

María no respondió, pero esa noche se acostó más cansada que de costumbre. Miró el techo oscuro y entendió algo que no se aprende en los libros: crecer no siempre es cumplir años, sino aprender a cargar. María era la mayor, y ser la mayor no era solo haber nacido primero, era estar pendiente de todas, contar cabezas antes de dormir, repartir la comida con cuidado, guardar para mañana.

María está sentada en el borde del corredor con los pies colgando. Desde allí podía ver a sus hermanas regadas por el patio: unas barriendo, otras remendando ropa, las más pequeñas jugando con piedritas bajo el limonero. Y sentía ese peso raro de las hermanas grandes: mirar hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo. Mientras las observaba, su mente viajó a las noches de la no muy lejana infancia, cuando el corredor era más largo y el papá todavía estaba vivo. El canasto de maíz en el suelo, el frijol seco sonando como lluvia menudita, y la voz del papá, firme pero cariñosa: "Desgranen, pero aviven la cabeza… tanto más tanto, tanto menos tanto". Las manos no podían parar y la mente tampoco. Y mientras desgranaban, él echaba cuentos de guacas, de espantos del monte, de caminos largos con mulas cargadas.


María recordó el campaneo del sangrero, ese caballo que iba adelante cuando su papá salía de arriero. Ella y su hermana corrían detrás, agarradas de la cola del caballo, mirando cómo el polvo se levantaba despacio. Ese sonido, el del sangrero, se le había quedado metido en el pecho, como si fuera un reloj viejo marcando el paso de la vida.

Así habían crecido: entre escuela y finca, cuaderno y machete, juego y trabajo. Los viernes no eran descanso, eran camino. Salían con las bestias listas, cruzaban trochas, sembraban, cargaban y regresaban.

Y se le vino encima el recuerdo de la quebrada  La Balsora crecida. El agua subiéndosele por las piernas, el miedo pegándosele al cuerpo, su hermana en la otra orilla cargando un pato y llorando, su papá cayendo al río, y después ese señor “Don Clavijo" sacándola casi a rastras.  Todo el pueblo creyéndolas muertas. Desde ese día, María supo que la vida no se podía dar por sentada; entendió que la muerte no avisa.


Pocos años después vino la muerte del papá y todo se desordenó. La casa se fue vaciando despacio. Casi no se notaba, como cuando el agua se mete por una rendija y uno cree que el piso sigue seco: primero fueron los caballos, luego las vacas, después las cosas pequeñas. Con eso empezó también el desbarajuste del corazón, la pobreza y, al final, la tranquilidad se fue. Y dejaron la casa. Esa casa que había sido escuela, refugio, paraíso, donde vivía la maestra que venía del Instituto Bíblico.

María ya no era niña, pero tampoco mujer completa. Le tocó aprender rápido: ayudar a la mamá, cargar a los más pequeños, guardar lágrimas para la noche. No sabía todavía para dónde irían, ni de trenes, ni de ciudades grandes, ni de fábricas. Solo sabía que ese patio, ese ruido de voces juntas, ese desorden vivo, no iba a durar siempre.


Una tarde la madre lo dijo, así nomás, sin rodeos:

—Nos vamos pa’ Cali.

Nadie preguntó cuándo. Nadie preguntó por qué. Todos lo sabían.

Cali era la ciudad grande. La promesa de trabajo. El rumor de que allá siempre había algo que hacer. Era también el miedo, aunque nadie lo nombrara.

El día de la salida amaneció caliente. De esos días en que el sol se levanta temprano, como si también tuviera afán.

Empacaron lo poco que quedaba: ropa doblada muchas veces en baúles, ollas, cobijas gastadas, la Biblia envuelta en un trapo limpio. Cerraron puertas que habían visto crecer a once hijos.

María salió al corredor y miró el patio por última vez. Recordó las risas, los juegos, el frijol secándose al sol, la voz del papá marcando cuentas. Se quedó quieta un momento, como si quisiera guardarse la casa entera en los ojos.

No lloró.

Todavía no.

El camino fue largo. El polvo se levantaba detrás del carro como una nube de despedida. 

María iba despierta, no por emoción, sino por vigilancia. Sentía que ya no podía darse el lujo de ir distraída. Ahora habría ciudad, trabajo, cuentas nuevas.

Cuando Cali apareció, grande y ruidosa, María supo que algo se cerraba y algo empezaba.

Allí terminó su infancia campesina.

Y allí empezó la vida dura, de fábrica, de caminar largo, de sostener con las manos lo que antes sostenía la tierra.

Pero eso todavía no lo sabía.

Solo sentía, hondo en el pecho, que ya no había vuelta atrás.

María miraba todo eso sin decir nada. Contaba lo que quedaba. Calculaba lo que alcanzaba. Ya sabía leer la escasez antes de que hablara.


María tenía dieciséis años y ya cargaba la casa entera en los hombros.

Madrugaba a trabajar y regresaba con los pies ardidos. Caminaba largo para llegar al empleo, volvía cansada, pero no se podía dar el lujo de aflojar. Ella compraba el mercado, los cuadernos, los zapatos de las chiquitas. Si alcanzaba, bien; si no, se inventaba la manera a punta de trabajo, de terquedad y de esperanza.


Así se fue haciendo la mayor, no por orgullo ni por mandato, sino por necesidad. Como el sangrero de las recuas del padre: el que iba adelante, con campana al cuello, marcando el paso, abriendo camino para que los demás no se perdieran. Todavía era niña, pero ya caminaba como quien sabe que atrás vienen muchos.


Entonces María cerró el Baúl, miró el cielo y pensó en su papá. Y casi pudo oírlo otra vez: "Apúrese, mija… tanto más tanto… que el cuento no espera".

Y entendió que ahora el cuento le tocaba seguirlo a ella.




 
 
 

Comentarios


bottom of page