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Las cuatro de la tarde para siempre, o ​agua de ceniza y limonada.

Actualizado: hace 1 día


El baúl es un reencuentro con las voces de Zarzal,  todas y cada una, se sentaron sobre la madera y el metal para intentar detener el reloj, dándose cuenta de que la infancia no es un lugar al que se vuelve, sino un equipaje que se carga. Porque antes de que María aprendiera a ser quien guiaba a la familia, hubo una tarde cuando el reloj marca las cuatro, teñida por el olor a flores y muerte, en la que el mundo de la finca se detuvo para siempre.

Son las cuatro de la tarde y la luz cae despacio sobre la finca, como si el sol también tuviera miedo de irse. ​Cecilia niña está sentada sobre el baúl de madera. Dentro duermen las cosas que guardan el tiempo: el vestido con el que su padre se casó y también el de su madre, de un blanco inmaculado; los zapatos, los guantes y la primera cartera. También descansan allí muchos libros de su padre, pues era un hombre culto que leía bastante.

​ Cecilia no se mueve. Desde allí mira el corredor largo, el patio cansado y las paredes que han aprendido los nombres de todos los que se fueron. Están a punto de emigrar; pronto cerrarán la finca para siempre.

​Desde el baúl, imagina que su padre vuelve a cruzar el portón. Lo ve llegar pidiendo limonada, preguntando por las plantas y los animales, repartiendo besos en las frentes pequeñas y sembrando ternura, como quien siembra maíz para el hambre del mañana.

​Él era el hombre de las plantas. Las regaba con agua de ceniza y las flores crecían tercas, hermosas, llenas de color. En los corredores sembró camelias a un lado y rosas al otro: amarillas, blancas, rojas y rosadas. También violetas pequeñas, tan valientes como la infancia.

​Era el hombre de los juegos. Con guadua fabricaba columpios y subibajas. Se lanzaba con ellas en cueros de vaca por la loma, y las niñas gritaban creyendo que volaban en un avión desbocado. El hombre que soñaba con comprar una casa en Manizales para llevarlas a un buen colegio, con cuadernos nuevos y ver a sus hijos e hijas estudiando. A él le gustaba leer y soñar; decía que quería que ellos se prepararan, que fueran cultos.

Sabía cómo nacería el crío de las ovejas solo con mirarles la lengua: si salía pintada, negra o blanca. Era cazador y tenía seis perros de orejas largas. A veces llegaba del monte con guaguas, gurres y guatines.

Cuando recibía un nuevo hijo o una hija, le regalaba una vaca y un caballo. Cecilia recuerda al ternero llamado Manolo, un animal de casta que llevaron a una feria para torear y que un hacendado muy rico le compró a su mamá. Recuerda también a La Corsa, la vaca que era de su hermana más pequeña; fue la última que vendieron antes de que solo quedaran gallinas, flores y baratijas.


La tarde cae, lenta, como los recuerdos de Cecilia. A su memoria regresan las viejas historias de colonización y violencia; nombres rotos que aún flotan en el aire como el polvo. Piensa en lo que oía de niña: decían que su familia llegó colonizando tierras y que así fundaron Quebrada Nueva. le contaron del tío Abraham, quien tenía muchas vacas, cabras, ovejas y tierras. A su hacienda iban muchas veces de paseo, hasta que llegó “la chusma” y les quitó todo. Violaron a sus hijas y lo mataron junto a su esposa, Francisca. A las chicas las dejaron tiradas en el camino.

El recuerdo del abuelo Salvador también llega a sus memorias; aquel hombre que, al quedar viudo, perdió el rumbo y se entregó a la bebida con una sed incansable, incapaz de soportar el silencio de la casa. Cecilia evoca esa historia de la tarde en que Salvador buscó a Josefa para ir al pueblo a "correr amonestaciones". Era una época de leyes sagradas y anuncios públicos; se imagina a ambos recorriendo las calles empedradas, fijando en los postes los avisos que proclamaban el futuro matrimonio de Jorge y Antonia, sellando con pegamento y papel el destino de la familia.


Cecilia está triste. Son las cuatro de la tarde, la misma hora en la que murió su papá. Aquel día llegó como siempre: se lavó los pies con agua caliente, dijo que no quería comer y le pidió a su esposa una bebida caliente. Ahora, Cecilia ve pasar a su mamá con la taza hacia la mesa grande, rodeada de bancas donde se sentaban a comer. Después dijeron que al papá le dio un paro cardíaco. Cecilia, habla con su hermana de diez años y ambas creen que a su papá le dio catalepsia y lo enterraron vivo. Lo metieron en un cajón que hicieron los vecinos y lo pintaron de negro, lo vistieron de traje y corbata. Le pusieron un ramo de rosas entre las manos, porque  eran las que más le gustaban. Le inyectaron formol para que el cuerpo durara tres días mientras llegaban los que vivían lejos. Vino mucha gente que conocía a su papá, del pueblo y de veredas cercanas como Sevilla, Vallejuelo y Palomino.


​ Luego se lo llevaron en andas hasta el cementerio. Su mamá les dio fundas de almohada a los hombres para que no se lastimaran los hombros ni se mancharan las camisas; guardó esas fundas pintadas de negro por mucho tiempo.

​Entre los que vinieron al sepelio, vino Juan Cancio Restrepo, un señor mayor y adinerado que le propuso días después matrimonio a su mamá, pero ella no quiso. También don Jesús Carrasquilla, le hizo la propuesta, pero ella tampoco aceptó. Prefirió la tortura de la escasez. Cecilia cree que su padre le hizo prometer que nunca se volvería a casar, y ella cumplió.

Años ​después, cuando hicieron la vía hacia Cali, rompieron el cementerio con una retroexcavadora y Cecilia cree que tiraron los restos humanos a la quebrada. Allí estaban los huesos de sus hermanas, de su hermano y de su papá. Sus tumbas ya no existían, eso dolió, sigue doliendo.

​Ahora todos los recuerdos vuelven como mariposas y revolotean sobre su cabeza, mientras ella permanece inmóvil sobre el baúl. Ese baúl no es solo madera. La niña se baja despacio. Pasa la mano por la tapa áspera, como quien acaricia a alguien que duerme. En ese instante, sin que nadie lo note, el baúl se convierte en raíz.

Y se van a Cali, ​se llevan en alma, el corredor, las flores, la risa, el polvo, la muerte y el amor. La finca queda atrás, vacía, sola. Sobre el baúl sigue viajando la niña que fue, abrazando para siempre su infancia.

Con los años, Cecilia se volvió modista. Cuando descosía una falda y se demoraba mucho, la mamá le decía: “Ahí estás, Rosa Restrepo, que no has podido acabar”.

Y la madre, ella tenía buen cuerpo, pero después se fue secando como un árbol al que le arrancan los frutos antes de tiempo. Cecilia todavía escucha su voz diciendo: “Mire todo esto que me sobra, cójamelo”, o “Córtele, córtele, que no pasa nada”.

A veces, Cecilia se vuelve niña y cree ver al padre levantarse, regar las plantas, darles besos en sus frentes, pedir limonada y volver a sentarse en la sombra del limonero.

Es una infancia doblada.

Es el padre guardado en el recuerdo.

Es la madre cosida al silencio.

Es la finca entera queriendo caber en un objeto, el baúl donde está sentada.






 
 
 

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