Ester huyó del eco de sus propios pasos .
- Martha Elena Loaiza
- 6 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 21 horas

Para ella, el hogar no era un refugio, sino un guion ya escrito donde solo era un personaje secundario.
En su casa se hablaba de lo cotidiano, pero nunca de los deseos particulares. Ella huyó porque necesitaba encontrar palabras que no existieran en el vocabulario de su familia. Se fue buscando un lugar donde su nombre estuviera ligado a sus propios pasos.
Pero el destino tiene formas crueles de cobrar nuestras decisiones y, para Ester, el cobro llegó con el silencio de su propio cuerpo. La joven que se creía invicta, de repente, sintió que el mundo se detenía. Estaba sentada frente a su baúl de hojalata. El mareo de la mañana era, sin duda, por la vida que crecía en su vientre.
En la Colombia de 1959, un embarazo fuera del matrimonio no era solo un problema personal; era una catástrofe que marcaba a una mujer de por vida, especialmente si no tenía el dinero para encubrirlo.
Ester miró el baúl. Estaba vacío.
Se había gastado lo que traía —su dignidad y sus ahorros—; su vida se había convertido en una ilusión de humo.
Ella, que les había dado la espalda a los suyos, ahora se encontraba en una situación desesperada.
Una tarde, mientras Ester intentaba ocultar su palidez, una amiga entró al cuarto. La mujer simplemente se acercó y puso su mano sobre la tapa del baúl.
— El baúl de hojalata aguanta el óxido, Ester, pero no aguanta el vacío —dijo la amiga con una voz que cortaba —.
Ester se derrumbó sobre sus rodillas, sentada sobre la fría hojalata. Ya no era la joven alegre; ahora era una mujer asustada, fracturada por su propia iniciativa. Comprendió entonces que su vida estaba ahora sin defensas. El embarazo no era solo su condena, era el recordatorio final de que, en su afán por ser alguien más, terminó perdiéndolo todo.
El golpe de realidad fue tan seco como el sonido del baúl al cerrarse. Sin apoyo, sola, con el vientre empezando a delatar su secreto.
Consiguió trabajo en una casona de los altos de Pereira. Allí, nadie sabía quién era ella, y a los patrones no les importaba su pasado, solo su eficiencia.

La vida de Ester se redujo a la discreción de un delantal ancho y a la cuenta regresiva de su embarazo. En el encierro, el baúl de hojalata era el único testigo de su nostalgia por el caos doméstico.
En la soledad del cuarto, recorría con los dedos las aristas del baúl y cedía al llanto; le hacía falta el estrépito de su casa.
Un día, a mediados de diciembre, le llegaron los dolores de parto. Se dirigió sola a la clínica —no tenía para entonces muchas amigas— y le nació una niña.
Tiempo después, Ester caminaba por el centro de Pereira intentando pasar desapercibida con su hija en brazos. De repente, creyó ver a alguien y el recuerdo de Sara, su hermana, la asaltó con fuerza. Sacudió la cabeza; llevaba demasiados días sin saber de su familia.
En el pequeño cuarto de servicio de la casona, bajo la luz cruda de una bombilla, tomó una determinación. El peso, la carga de su hija y la soledad la habían vencido. Observó su baúl de hojalata, aquel que llegó cargado de planes ahora marchitos, y tomó una decisión mientras observaba sus manos cansadas.
Escribió porque el silencio ya no bastaba. No fue una carta extensa; no buscaba perdón solo refugio.
"Hola, ¿Cómo están? Estoy trabajando. El baúl aún no está lleno, pero tengo una hija. ¿Cómo debo llamarla?".
No justificó la ausencia. No explicó nada que la vida no hubiera sentenciado ya. Dobló el papel con torpeza y lo llevó al correo. La respuesta tardó semanas en llegar, con la caligrafía severa de María, la hermana mayor, que siempre escribía como hablaba: de frente.
Ester:
La niña se llamará Elena.
Debajo, casi como una confesión técnica, añadía:
Sara también tuvo la suya.
Es una niña.
Se llama Estella.
Ester releyó esa línea hasta grabársela. Dos niñas. Dos nacimientos callados. Observó a su hija dormida. No sintió euforia ni consuelo, sino una suerte de encaje. Como si las piezas de un mecanismo oxidado finalmente hubieran engranado. Apoyó la espalda contra el baúl de hojalata.
No era esperanza; era continuidad. Y eso, para Ester, era suficiente.

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