El sótano o el corazón enterrado de la casa.
- Martha Elena Loaiza
- hace 6 días
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Actualizado: hace 5 días

Hoy regresé a la casa, No fue nostalgia. Fue algo más parecido al llamado del cuerpo cuando recuerda una herida vieja. La casa, la que tuviera fuente y jardines está quieta y raída por fuera, pero dentro sigue respirando.
Abrí la puerta de la memoria y el polvo me reconoció primero. Después el olor a madera húmeda, a café antiguo, a tardes detenidas en el tiempo. Camino despacio, como si pisara un animal dormido.
No vine sola. Vine con la voz de mi abuela metida en los oídos.
Ella solía decir que la memoria no se guarda en la cabeza, sino en las manos laboriosas. Por eso bajo al sótano sin pensarlo mucho. El otrora fresco y silencioso sótano, un lugar donde el tiempo parece detenerse.
El sótano era el corazón enterrado de la casa.
La abuela lo había convertido en refugio y escuela, pero también en santuario. Allí el aire parecía respirar distinto, como si llevara polvo antiguo mezclado con recuerdos. Dos cuadros custodiaban la entrada. A la izquierda, el bisabuelo Salvador: piel oscura y dura, mirada de piedra seca, rostro de hombre acostumbrado a mandar. A la derecha, el abuelo Jorge, con su sonrisa cansada y los ojos de quien ha aprendido a mirar sin soberbia.
Entre esos dos rostros se abría la historia.
Cada vez que bajábamos, la abuela se detenía frente al retrato de Salvador. Lo miraba largo, como si midiera el peso de los años, y entonces la memoria comenzaba a hablar.
—Ese hombre, mi padre, se gastó la hacienda en mujeres y licor —decía—. Cuando la moneda era tomines y reales, los fue dejando caer uno por uno, mientras mi madre moría de tristeza.
Y mientras hablaba, el sótano parecía llenarse de voces viejas.
Salvador había sido hombre de tierras, de fiestas largas y risas rotas. Sembró vicios y cosechó ruinas. Cuando ya no quedó nada, ni tierras ni ganado, regresó a morir al lado de su única hija, Antonia.
A su hija, mi abuela, la entregó en matrimonio cuando apenas tenía catorce años. No hubo preguntas, ni lágrimas permitidas, ni derecho a negarse. Finalmente él buscaba cuidar a su hija y le correspondía encontrarle un buen esposo, era la usanza.
No hubo pregunta ni altar en el alma. Fue un trato entre amigos: apretón de manos y silencio.
La abuela bajaba la voz al recordar aquella tarde.
El sol caía lento cuando Salvador llamó a la niña.
—Póngase bonita mija —dijo—. El domingo se casa con mi amigo Jorge.
Así se escribió su destino: con una frase corta y una infancia rota.
Del otro lado del sótano colgaba el rostro de Jorge.
Hablar de él iluminaba la cara de la abuela. En sus palabras había orgullo y gratitud. Jorge fue el mejor esposo, padre amoroso, partero por necesidad y arriero por destino.
Cuando regresaba de los caminos, traía el cuerpo vencido, pero el alma despierta. Dejaba el baúl contra la pared como quien deja un corazón de hierro latiendo despacio.
Ese baúl viajero había cruzado ríos crecidos y trochas de miedo. Había ido amarrado al lomo de mulas, balanceándose sobre abismos. Estaba manchado de lluvia y polvo, pero guardaba tesoros invisibles: monedas frías, cartas tibias, ropa doblada con cuidado, sudor convertido en sustento. Y también algo más grande: la dignidad del hombre que camina sin robarle al mundo.
De día era arriero, caminante del riesgo. Pero al llegar a casa se transformaba.
Se volvía sembrador de vida.
Fue partero de nueve hijos.
Cuando el dolor entraba gritando, Jorge no huía. Encendía la lámpara, calentaba agua, sostenía manos, secaba sudor. Recibía cuerpos nuevos como quien recibe milagros. Sus manos, hechas para sogas y riendas, aprendieron a sostener cabezas pequeñas cubiertas de sangre y luz.
Trajo hijos al mundo con la misma calma con que guiaba las mulas en los precipicios.
Después venían las historias.
Jorge era contador de palabras. Narraba caminos, apariciones, animales sabios, pueblos dormidos, noches sin luna. Su voz tejía mantas invisibles para arropar el miedo. Los niños y niñas se dormían creyendo que el mundo guardaba magia.
Cuando regresaba del trabajo, sudoroso y cansado, dejaba el baúl contra la pared. Luego se inclinaba ante la infancia. Cargaba a las niñas sobre la espalda como alas prestadas. Caminaba por la sala convertido en caballo manso. Los arrastraba sobre cuero de vaca por las lomas y la risa rodaba como piedras brillantes.
Construyó un burro de guaduas torcidas para que aprendieran a subir y bajar sin miedo. Y cuando el circo llegaba al pueblo, allí estaba él, el arriero, con sus hijas tomadas de la mano.
—Tienen que ver el asombro —decía— para no volverse de piedra.
La abuela contaba estas historias y su rostro florecía. Sus ojos se llenaban de nostalgia al recordar aquellas noches cuando el corredor se llenaba de grillos. Cuando recogían hojas secas del jardín que Jorge cuidaba con paciencia infinita. Cuando los pequeños corrían tras el gato, sombra viva, hasta que el cansancio los vencía y llegaba la hora del cuento, y la voz se volvía cobija.
Entonces la casa se volvió escuela.
Pertenecían a la Iglesia Unión Misionera, contaba la abuela. En los años cuarenta no era permitido entrar a escuelas ni cementerios si no se profesaba la fe católica. Hasta la fe tenía fronteras.
Llegaron maestras desde Palmira, cargando cuadernos y esperanza. El salón principal se transformó en aula. Allí se aprendía a leer, pero también a caminar derecho frente a la vida. Urbanidad, civismo, respeto. Carácter.
Mientras tanto, el baúl del arriero dormía en un rincón, respirando despacio. Guardaba la diferencia entre dos herencias: la de Salvador, hecha de oro roto y sangre callada; y la de Jorge, hecha de manos abiertas y caminos largos.
Hoy, cuando bajo al sótano de la memoria, no veo solo retratos.
Veo a una niña obligada a crecer de golpe.
A un arriero recibiendo hijos con manos temblorosas de ternura.
A un hombre cargando reales del gobierno.
Y al baúl, viejo y quieto, guardando la memoria.
Recordándome que incluso en casas nacidas del dolor, puede aprenderse a florecer.
Esa casa, no es solo una casa. Es un cuerpo viejo. Tiene un sótano donde duerme la memoria. Un corredor donde cantan grillos. Un jardín que aprendió a crecer entre ruinas.
Y tiene un baúl.
Un baúl que no guarda cosas, sino destinos.

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