El giro en el corazón fue tan repentino como un aguacero de verano sobre Cali.
- Martha Elena Loaiza
- 27 dic 2025
- 3 min de lectura
Actualizado: 14 feb

Ester, desesperanzada, camina de arriba abajo se metía en los cultivos de caña para añorar aquel pasado que se derramó como aceite virgen. Virgen como los sueños de su madre al pretender evadirse de su ciudad natal, creyendo que se le borrarían de un solo tajo el dolor de tantas perdidas, y en ese evadirse tratando de encontrar un lugar seguro en Medellín, cargó con sus hijas adolescentes llenas de sueños y acumulando desilusiones
La búsqueda de empleo no daba frutos. Estaba cansada, profundamente agotada. Aquella determinación de hierro, forjada entre el trabajo en Medellín y el peso de su baúl de hojalata, comenzaba a flaquear. En medio de la incertidumbre, recordó la Biblia que guardaba entre sus pertenencias; la sacó cuidadosamente y la abrió con reverencia. «Mañana saldré a caminar con ella», se prometió.
Creía que llevar el libro sagrado contra su pecho le otorgaría un respeto inmediato. Por eso, caminaría de ahora en adelante con su Biblia bien visible, usándola como un salvoconducto silencioso frente a las miradas del mundo.
Y caminó; caminó mucho. Las puertas se cerraban una tras otra, hasta que el rumor de una oportunidad en Pereira encendió una chispa de esperanza. Sin dudarlo, abandonó la pensión. Salió a la calle arrastrando su baúl, cuyo chirrido contra el polvo marcaba el ritmo de su voluntad.
Al pasar frente a la iglesia de la Ermita, se detuvo un instante. Contempló la estructura y se habló a sí misma con firmeza: «Tú puedes, Ester. Nada de lágrimas». Con la dignidad que le quedaba, compró un café y un pan para engañar al hambre antes de dirigirse a la terminal.

El viaje hacia Pereira fue corto y silencioso, solo se escuchaba el motor y sus propios pensamientos. Llevaba consigo un número de teléfono anotado en un papel arrugado; su primera misión al llegar sería buscar una central telefónica para llamar.
Tal vez allí, al otro lado de la línea, la suerte finalmente decidiera encontrarla.
Con esa certeza llegó a la pequeña ciudad. Buscó un lugar donde dormir y, de inmediato, se dispuso a intentar —una vez más— probar suerte en la búsqueda de empleo.
Aquella primera noche en su nuevo destino, Ester recordó mil veces su pasado, hasta que le dolió la memoria; aun así no lloró ni se lamentó. Estaba decidida a transformar su realidad; eso pasa cuando se es joven: siempre se tiene el ímpetu de reescribir la historia.
Pasaron los días y, a pesar de la Biblia contra su pecho y de su paso firme, sintió que su fortaleza —esa que creía inquebrantable— empezaba a resquebrajarse.
Y entonces sucedió: el destino siempre se vale de los hilos más insospechados para cumplir sus propósitos. Había logrado conseguir un empleo cuando conoció a los García. Eran una familia que vivía en una de las casas cerca del barrio el Corocito; gente de su edad que hablaba de música, de paseos al río y de un mundo donde el miedo no existía. Para Ester, aquella oferta de amistad fue como un espejismo. Por primera vez, alguien no le pedía que resolviera nada, sino simplemente que se permitiera ser.
A Ester ya solo le importaba su presente. Las oraciones de su madre y los trabajos de sus hermanas empezaron a parecerle ruidos lejanos y molestos. Ester quería amigos, risas y el aroma del perfume de su nueva vida. De repente, ya no buscaba en su baúl la Biblia, el radio ni sus recuerdos. Estaba puliendo sus zapatos con una intensidad febril, ignorando los recuerdos que ya parecían un eco lejano.
El baúl de hojalata ahora permanecía cerrado; Ester, ya no sacaba de allí herramientas para la vida, sino cintas para el cabello.
Entre tanto, lejos, muy lejos su madre pensaba en ella con una tristeza profunda. Sabía que Medellín le había dado a su hija la fuerza para escapar, pero el lugar donde estuviera ahora le estaba dando la tentación de olvidar quién era.
La madre comprendió que el baúl de hojalata y la misma Ester empezaban a perder su brillo.

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