El baúl de hojalata, dejó de custodiar objetos para guardar ausencias.
- Martha Elena Loaiza
- 20 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 17 horas

Los baúles no guardaban objetos: guardaban silencios. Guardaban preguntas que nadie respondía.
Guardaban el peso de lo que no se pudo decir.
Ester colocó su baúl de hojalata en medio del cuartucho.
El brillo metálico contrastaba con el frío piso de cemento de la pensión. Esa noche durmió
poco y mal. Recordó el murmullo de su madre orando, profesando una fe que el resto del barrio despreciaba. Abrió el baúl y sacó la radio; descubrió que no funcionaba, pero igual la puso sobre la mesa. Lejos, muy lejos, quedaba ahora su casa.
Imaginó las murmuraciones de las vecinas, en su época, el tiempo se medía por la velocidad con la que se dañaba una reputación o se apagaba una vida.
Además del radio, los vestidos y la biblia, entre otras cosas, había guardado antes de cerrar el candado del baúl de hojalata: un delantal bordado con pequeñas flores en punto de cruz, para recordar siempre a su madre; y una fotografía en sepia, con la imagen de su padre junto a ella y a sus hermanas en a la antigua casa; tenia los bordes gastados de tanto acariciarlos con el pulgar.
El día se apaga y, con él, los recuerdos se vuelven más densos.
Año 1946
Ester tenía aproximadamente ocho años cuando la muerte entró por tercera vez a la finca. No llegó de golpe ni con gritos; llegó como llegan las cosas en el campo: en silencio, con el sol aún alto y los jardines intactos, como si la tierra se negara a darse por enterada.
El Valle del Cauca seguía verde, fértil, mientras dentro de la casa el tiempo se detenía.
Para Ester y sus hermanas y hermanos, la finca era el universo entero. Su madre, de veintiocho años, era morena y delgada, con el cuerpo joven pero la mirada vencida. Nueve hijos le rodeaban la vida: dos niños y siete niñas, alineados por edades como los peldaños de una escalera que, de pronto, se había quedado sin baranda. Desde ese día, la madre empezó a envejecer sin permiso.
El padre yacía en una habitación cerrada. Ester no comprendía la palabra «muerto», pero sabía que algo grave había ocurrido porque nadie levantaba la voz. Su madre ya había perdido a dos de sus hijas pequeñas y este, era el golpe más cruel; estaba sola, sin un hombre que respaldara sus luchas. De allí en adelante, la vida se volvería en su contra una y otra vez.
Esa día Ester aprendió algo que aún no sabía nombrar: que la protección puede desaparecer sin despedirse y que, desde entonces, cualquier objeto —una silla vacía, un sombrero colgado— tiene el poder de doler.
Hoy, los años han pasado, Ester regresa a ese recuerdo una y otra vez: al cuerpo del padre sobre la cama, a los jardines intactos y a unas niñas y niños entendiendo que la infancia se había terminado.
Amanece, Ester sale a caminar por la plaza Caycedo.
El hambre la golpea, recordándole la finalidad de su viaje. Se acerca a una cafetería y, con las pocas monedas que llevaba, compra una avena y una almojábana. Mientras come, el orgullo se transforma en necesidad; pregunta si buscaban empleada, así sea para barrer o fregar suelos. Repite la pregunta en dos, tres lugares más, recibiendo solo negativas o silencios.
Al caer la tarde, regresa a la pensión con los pies ardiendo. Guarda sus tristes zapatos en el fondo del baúl, como quien esconde un talismán que ha perdido su magia. Esa noche sintió el peso de su soledad: sus palabras no tenían poder para llenar un plato. El dinero traído de Medellín se agotaba y el miedo empezaba a filtrarse agrietando su voluntad.
Con el dolor de la caminata subiéndole por las piernas, se durmió a eso de la medianoche, solo para sobresaltarse entre sueños y regresar, inevitablemente, a la casa que ya no era suya.
Entre la Realidad y el Absurdo
Soñó que se sentaba en la plaza de Caycedo. El sol caía sobre las palmas , el ambiente, denso y silencioso, se sentía cargado, como si el aire mismo esperara un conjuro.
Con manos temblorosas, abrió su baúl de hojalata, en el sueño, no era solo un cofre; era la puerta a lo desconocido, un portal que distorsionaba la realidad. En ese instante, su viaje no era físico. A su alrededor, el mundo se aceleró de golpe. El tren y los carros todos a su vez pasaban zumbando en una procesión infinita, creando un torbellino de movimiento, un caos repentino y abrumador que no tenía sentido ni lógica. Sentía que su poca vida se le escapaba de las manos, se volvió una masa gelatinosa y confusa. El pánico creció hasta que, con un sobresalto, Ester se despierta, está sudando, allí desde un rincón el baúl de hojalata aparece como un mudo testigo de su aventura.
Cierra los ojos, se adormece, y está nuevamente en la finca del Zarzal, los adultos se mueven por la casa con pasos cautelosos, alguien sacó del cuarto del padre algunas pertenencias. No era un gesto solemne; era práctico. La muerte no daba tiempo para ceremonias largas. Ester los ve abrir un baúl viejo, de madera oscura, guardado al fondo de un corredor. Allí van cayendo las cosas del padre: una camisa gastada con olor a sudor y campo, documentos, un cinturón de cuero duro, monedas sueltas que tintinearon como si protestaran.
Ese sonido se le quedó grabado.
El baúl se cerró con un golpe seco.
No fue un adiós. Fue un encierro.
A Ester, nadie le explicó qué pasaría con esas cosas. Solo entendió que lo que se ama puede guardarse, cerrarse y dejarse a un lado, mientras la vida exige seguir. Ese fue su primer aprendizaje de la renuncia.
Desde entonces, cada vez que veía un baúl, sentía una opresión en el pecho. Los baúles no guardaban objetos: guardaban silencios. Guardaban preguntas que nadie respondía. Guardaban el peso de lo que no se pudo decir.
Cuando, muchos años después, Ester compró su propio baúl de hojalata, no lo supo de inmediato, pero estaba repitiendo aquel gesto antiguo: juntar lo esencial, cerrar la tapa y seguir caminando. A partir de ese día dentro de él baúl Ester escucha resonar apenas audible, aquel primer golpe seco del baúl cerrándose en la finca en Zarzal, del Valle del Cauca.

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