top of page

El arriero de mil caminos.

Actualizado: hace 21 horas


El baúl de hojalata, antes cofre de resistencia, se convirtió en el pedestal de su desvarío.


La joven que llegó de Medellín con los dedos curtidos por el rigor del trabajo en el restaurante, ahora pasaba horas frente al espejo, borrando de su memoria el olor de la cocina.

Comenzó a vender, una a una, las pocas pertenencias que traía en su baúl, se compro un pintalabios de color carmín tan encendido que parecía una herida abierta en su rostro, y un par de medias de seda que se rasgaron al primer contacto con la realidad de la calle. 


En la casa de la madre y  las hermanas se sentía una tensión amarga. Entre trabajar y pagar las cuentas la vida se les iba escurriendo.


​Un día, el cristal del espejo le devolvió una presencia que el olvido no había podido enterrar.

Detrás de su hombro, la imagen de su padre se materializó con la nitidez de un reproche. Ester se estremeció. Él la observaba con esa mirada infinita, cargada con el polvo y la fatiga de quien ha recorrido mil leguas por los caminos de herradura. 

​Ester se quedó paralizada. La risa se le congeló en los labios al sentir el peso de esa mirada. El brillo de las cintas en su cabello le pareció, de repente, una bofetada a la memoria de aquel hombre que se deslomó en las trochas para que ellas fueran algo más que una sombra en la vida. El silencio de la habitación se llenó del eco de cascos de mulas golpeando la piedra, un ritmo que le recordaba de dónde venía.

 

Don Jorge, ​fue un hombre hecho de montaña y de silencio. Un arriero de manos agrietadas por el frío de las montañas, con las uñas ennegrecidas por el esfuerzo, pero poseedor de una suavidad milagrosa cuando sostenía un lápiz. En el corazón de aquel hombre habitaba un dolor antiguo. ​Fue él quien domó sus dedos torpes, guiando la mano de Ester y sus hermanas.


De repente, el aire de la habitación cambió. El olor a encierro del cuarto fue sustituido por el aroma a café recién colado y tierra mojada. Ester sintió que el suelo bajo sus pies se transformaba en las baldosas de los corredores de la infancia. Se vio a sí misma pequeña, con las rodillas raspadas y el asombro a flor de piel, sentada en el banco de madera, frente a al gran mesa, junto a sus hermanas y hermanos. ​Allí estaban todos, apretados, formando una hilera de cabezas atentas bajo el alero de la casa. El sonido de los grillos era el único acompañante mientras don Jorge, bajo la luz de una vela, les repartía pedazos de papel como si fueran tesoros. Ester recordaba la sensación de su mano infantil, casi diminuta, desapareciendo bajo la palma rugosa y cálida de su padre. En ese corredor, el tiempo no corría; se quedaba allí, suspendido en el aire.

​— Ester, ese baúl está quedando vacío — creyó escuchar decir a su padre, rompiendo el hechizo del recuerdo —. Te estás gastando tu historia en una vida de fantasía.


Sintió un escalofrío al recordar la voz de su padre, que ahora no solo sonaba a advertencia, sino a una confesión desgarrada. ​


Ester vuelve al corredor lleno de flores, de esa primera casa y ve a su madre. Parecía una niña jugando a ser mujer, con el cabello recogido en una trenza apretada que no lograba ocultar la frescura de su rostro. Tenía apenas veinticinco años, pero sus hombros ya estaban curvados por el peso de una casa llena de bocas y demandas.

La figura del padre se va diluyendo como los recuerdos, Ester se acomoda el cabello y sale esa noche de 1958, pisando con fuerza sobre el piso de cemento, dejando el baúl abierto y vacío.

El baúl de hojalata, ese, que antes brillaba como una armadura, ahora se veía opaco, triste.

Ella pensaba que estaba volando. pero en realidad estaba perdiendo el único suelo que la había sostenido.


 
 
 

Comentarios


bottom of page