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Un mismo hilo de sangre: nacidas en la distancia bajo el eco del abandono.

Actualizado: hace 20 horas


 La huida de Ester fue como un acto de magia.

No dejó rastro, ni notas, ni reproches. Se llevó su baúl de hojalata, arrastrándolo por las calles de la ciudad, y desapareció en la niebla de la madrugada hacia un destino que nadie pudo adivinar. Para la familia, Ester simplemente se había desvanecido en el óxido de su propio baúl. Su ausencia dejó un hueco que comenzó a respirar. Desde ese vacío, algo se desordenó en los cuerpos y en los días.

La partida de Ester fue una grieta: por ella entró el destino, caminando descalzo, buscando otra carne donde cumplirse.

Sara, una de las hermanas menores, quedó embarazada a sus escasos quince años.

El aire se volvió demasiado denso para guardar silencios y dolores tan grandes; denso como el asombro de la madre al saber a una de sus pequeñas sería mamá, denso como la reacción de la hermana mayor, quien se quedó de pie y temblando, con el delantal puesto, blanca de rabia. Su furia no era de odio, sino de una decepción profunda.


La madre lloraba día tras día; la casa se tornó fría y las paredes exudaban tristeza. En el balcón ya no había aves, solo lágrimas extendidas al sol y a la luna. La familia quedó aún más fracturada. María asistía casi todas las tardes a la iglesia; su rostro se había vuelto de piedra, cargando la vergüenza de sus hermanas como si fuera propia.

Los meses pasaron con la lentitud de un castigo, pero la vida, terca y poderosa, terminó por abrirse paso. 

En la casa, bajo un calor sofocante de diciembre, nació la hija de Sara. La llamaron Estela. La pequeña no llegó como una deshonra, sino como una redención. Se convirtió en la luz del hogar; sus risas llenaron los rincones donde antes solo habitaban murmullos de culpa. Las hermanas, desde la melliza silenciosa hasta la más pequeña, se volcaban en cuidarla.


El retorno de Ester.

Pasaron casi seis meses. La casa había encontrado una paz precaria, pero dulce. Una tarde de lluvia torrencial, un camión de mudanzas se detuvo frente a la puerta. Un hombre bajó un objeto que todas reconocieron de inmediato: un baúl de hojalata, ahora más golpeado y con nuevas manchas de óxido, con algo que se figuraba a un brillo plateado bajo la lluvia. Y detrás del baúl bajó Ester. No regresaba sola. En sus brazos cargaba a una niña de apenas seis meses, de piel clara y ojos melancólicos.

Ester se veía mayor, con el rostro curtido por la intemperie y vestida con sencillez. María salió al encuentro. Se quedaron mirándose a través de una cortina de silencios. María se ajustó el pañolón con manos temblorosas, su mirada era fría como el mármol de las mesas donde amasaba el pan. Su severidad era el último clavo en la tumba de la frivolidad de Ester. María, no solo estaba furiosa por la moral ultrajada; estaba aterrada de ver cómo se desmoronaba la estabilidad que creían haber recuperado.


Ester intentó abrazar a su madre, pero ella se apartó:

—No me toques con esas manos que se olvidaron de su madre y de sus hermanas.

Ester se sentó sobre el baúl. Ya no era la joven que soñaba con las luces de un futuro mejor; era una sombra que debía trabajar en silencio para pagar la deuda de haber roto la paz de su propia vida.

María miró a las dos niñas, luego al baúl y finalmente a su hermana. El orgullo de su honra se rindió ante el llamado de la sangre y abrió su corazón de par en par. El baúl de hojalata entró de nuevo y la casa se transformó en un cuartel de crianza. Las niñas crecieron como dos mitades de una misma alma:

  • Estela (hija de Sara): movediza, de risa fácil y cabello alborotado. Heredó la chispa que Sara tuvo antes de que la vida la golpeara, pero con una seguridad nueva infundida por sus tías.

  • Elena (hija de Ester): observadora, nerviosa, de ojos profundos . Heredó la meticulosidad de su madre, y una tristeza en el alma posiblemente traída de algún antepasado.


La guardería del olvido




Durante un breve espacio de tiempo, la casa respiró en dos cunas. Estela y Elena fueron el pulso y la sombra, la luz que avanzaba y el silencio que observaba. Pero la sangre no sabe dormir: germina. Y cuando nadie lo esperaba, el vientre de la casa volvió a abrirse, reclamando más nombres, más llantos, más destinos atados al mismo hilo.

Aquella casa, antes un reducto de silencios , se vio asaltada por el bullicio. La descendencia de las hermanas se multiplicaba con una urgencia casi biológica: el hogar se pobló de niños y niñas, mientras la abuela perdía peso y presencia. La estirpe florecía mientras ella se encogía, convirtiéndose en una figura mínima que buscaba en la oración el único asidero contra el desánimo.

La madre se acostumbró a ver aparecer a sus hijas una a una: siluetas vencidas que emergían del polvo del camino cargando un fardo vivo contra el pecho. Se convenció de que el andar de sus hijas estaba gobernado por el rencor de aquel hombre que, décadas atrás, tras ser rechazado, juró que ninguna mujer de su linaje echaría raíces sanas. La herida de un hombre despechado se había transformado en una trayectoria circular que siempre terminaba en el origen, alimentando la casa con nuevos nacimientos y penas recicladas.

Rendida y exhausta, la madre se transformó en una "abuela infinita", una raíz seca que sostenía todo el peso del árbol. Cada noche, doblaba su cuerpo sobre el suelo clamando a Dios por el destino de sus hijas y por su único hijo varón, mientras el eco de los recién llegados al mundo devoraban el resto de su fe.


En ese ritual de ruegos constantes al cielo, involucraba siempre a sus nietos; y cuando alguno enfermaba, oraba a Dios pidiendo por su salud o por su redención —o lo que es lo mismo, su muerte —« Porque, ángeles quiere el cielo»— , sentenciaba. No había rastro de temor en la voz de la mujer, sino calma. Para ella, el paraíso no era una promesa remota, era una aduana abierta que exigía siempre lo más limpio de la casa.


Desde la penumbra del sótano, los nietos y nietas la vigilaban con pupilas dilatadas, frente a un enigma para ellos indescifrable. La silueta de la abuela, consumida bajo la llama vacilante de una vela, no era ya la de una mujer, sino la de un muelle viejo que crujía bajo el peso de un pacto invisible. La abuela hablaba de «ángeles»,  y el aire de la habitación se volvía más frío y solemne. los pequeños en su inocencia, comprendían que la salud era un regalo de la tierra, pero que la muerte, según la abuela agotada, era el único descanso que Dios otorgaba de verdad.


La abuela y tía María se erigieron como las matriarcas de aquella casa superpoblada. María amasaba el pan para saciar las bocas, mientras la abuela repartía disciplina y cosía colchas de retazos para mitigar el frío.

En el sótano, recinto que la abuela convirtió en refugio y escuela, los nietos aprendieron el oficio de la aguja y el rigor de las letras. Allí adiestraron el tacto para distinguir texturas y la vista para medir formas. Se les impuso la lectura de la Biblia, de pie y con el cuerpo tenso por la reverencia. Aprendieron, sobre todo, a vigilar el calendario con miedo, aguardando el fin de la infancia. Sabían que alrededor de los doce años se cruzaba una frontera irreversible: con la pérdida de la inocencia, se clausuraba la inmunidad del alma y el cielo dejaba de ser una certeza para convertirse en un privilegio perdido.


Aquel sótano, refugio de retazos y ecos bíblicos mutaba cada tarde en un tribunal de sombras. Sentados sobre el baúl de hojalata, los niños diseccionaban el asunto que los obsesionaba: el derecho de admisión al cielo.

El baúl de hojalata, el mismo que Ester cargó con promesas rotas desde Medellín y luego de regreso, se despojó de su simbolismo. Dejó de ser una maleta de escape o un arca de ilusiones para convertirse en un objeto cualquiera desprovisto de dramatismo: un mueble más en la penumbra de aquel sótano.



 
 
 

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