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Del sabor del champús y la carantanta, a las lomas de San Antonio.

Actualizado: hace 20 horas


De cómo llegaron a Medellín.

Corría el año 1950 y en el Valle del Cauca la vida todavía se contaba en pasos lentos y mañanas tranquilas. Allí existía una costumbre sencilla: levantarse temprano, salir a comprar el desayuno y, más tarde, volver por lo del almuerzo. Todo se vendía por centavos y el maíz reinaba en la mesa. Había carantanta para las sopas, tortillas recién hechas y el inolvidable champús, espeso y dulce, que guardaba en su sabor la memoria de toda una tierra.

​En Cali, la familia tenía vecinos que eran casi parientes. Uno de ellos fue don Jorge, trabajador de Kodak, quien ayudó a la hija mayor a conseguir un permiso de trabajo en la fábrica de calcetería Mariella. Ella tenía dieciséis años. Cada día caminaba desde la casa, ubicada en la Segunda Norte con la 81, hasta la fábrica, atravesando el barrio de tolerancia. Eran recorridos largos y silenciosos en los que aprendía lo que era el esfuerzo.

​En aquellos años, los graneros de los paisas eran pequeños lugares de encuentro. A Maria le gustaba entrar solo para escucharlos hablar. El antioqueño, describen su tierra con tal orgullo que, sin darse cuenta, fueron sembrando un anhelo en ella: conocer Medellín, esa ciudad nombrada como si fuera un sueño.

​ En sus primeras vacaciones, la madre le dio permiso para viajar. Juntas llegaron hasta Pereira; desde allí, la joven tomó el tren hacia La Pintada y luego un bus hasta Medellín. Se quedó un mes. Pasaba las tardes en el Parque Berrío, de pie frente a la vitrina del almacén Navarro Ospina, mirando televisión como quien presencia un prodigio. Vio los alumbrados de la avenida La Playa y, regresó a Cali, volvió hablando de montañas, luces y asombro.

​Su entusiasmo terminó por inquietar a la madre, quien decidió ir a conocer aquella ciudad. Cuando regresó, habló con voz firme:

—Nos vamos a vivir a Medellín.

​Comenzó el ritual de las despedidas. Vendieron lo poco que tenían y empacaron la vida en un viejo baúl de madera. En él cargaron su pasado: los utensilios de cocina que habían alimentado a la familia, las sábanas con olor a hogar y esos recuerdos que no se pueden dejar atrás. El baúl era pesado, sólido y difícil de mover, como si el propio Valle del Cauca se resistiera a dejarlas partir.

Sin embargo, no todo cabía en un baúl. Una de las hijas, recién casada, se quedaría en Palmira con sus dos hijos. Los abrazos de despedida fueron largos, ella se quedaría allí para construir su propio hogar, mientras las demás partían cargando con su ausencia.


Por otro lado, no todas las hijas deseaban emigrar. Algunas se resistían a dejar Cali, ya que allí se encontraba lo conocido, lo amado y lo seguro. Aunque lucharon cuanto pudieron, la decisión ya estaba tomada; a veces, la madre no preguntaba, sino que simplemente empujaba. Al final, les tocó marcharse, aun cuando el corazón se les quedara un poco atrás


Al llegar a Medellín, vivieron un tiempo en el barrio Belén, cerca del aeropuerto Olaya Herrera, mientras aprendían a acomodarse a la nueva ciudad. Un año después, un vendedor ambulante de telas, ayudó a la madre a encontrar una casa en el barrio Caicedo. Costó cinco mil pesos. Tenía una fuente en la entrada y un balcón con persianas hermosas que dejaban entrar la luz de la mañana.

Cuando fueron a verla, el carro no logró subir. Aquello parecía monte. Era un cambiar las calles planas y pavimentadas de Belén por las empinadas y polvorientas lomas de San Antonio. Pero la madre caminaba sonriente, cantando bajito:

​ —Yo tengo ya la casita—.


​El ascenso a la nueva vida

​Llegar a aquella casa cada día, no fue sencillo. Frente a ellas se levantaba el monte, empinado y polvoriento, como una prueba silenciosa. Las muchachas caminaban con sus vestidos elegantes, guantes ajustados a las manos y tacones de puntilla que no estaban hechos para la montaña, sino para las aceras lisas de la ciudad.

​Cada paso era una pequeña batalla: el tacón se hundía en la tierra, resbalaba entre las piedras y buscaba apoyo donde no lo había. Caminaban despacio, sosteniéndose unas a otras, cuidando de no caer, tratando de no perder ni el equilibrio ni la dignidad. El viento movía las faldas, desarmaba los peinados y el sudor se mezclaba con el polvo del camino.

​Subían cada día esas lomas interminables; el cansancio se sentía en el cuerpo y la nostalgia en el alma. Allí comenzó, paso a paso, la conquista de su nuevo destino.

​Así llegó esta familia matrilineal a Medellín con miedo y esperanza, con despedidas que dolían y sueños que empujaban. Fue allí donde las hermanas se empezaron a multiplicar con una urgencia casi biológica. En un abrir y cerrar de ojos nacieron hijos e hijas, y la estirpe se multiplicó de forma exponencial. El baúl se llenó de risas, de sueños y de muchas lágrimas.




 
 
 

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