Del sabor del champús y la carantanta, a las lomas de San Antonio.
- Martha Elena Loaiza
- 17 ene
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 13 feb

De cómo llegaron a Medellín.
Corría el año 1950 y en el Valle del Cauca la vida todavía se contaba en pasos lentos y mañanas de luz mansa. Allí, la existencia se tejía con sencillez : despertar con el sol, salir a buscar el desayuno y, más tarde, volver por el sustento del almuerzo. Todo se vendía por centavos y el maíz era el rey absoluto de la mesa. Había carantanta para espesar las sopas, tortillas que quemaban las manos con su frescura y ese champús inolvidable, denso y dulce, que guardaba en su almíbar la memoria líquida de toda una tierra.
En Cali, el barrio era un tejido de afectos donde los vecinos eran casi parientes. Don Jorge, un vecino de la familia, operario de Kodak, ayudó a la hija mayor a entrar en la fábrica de calcetería Mariella. Con dieciséis años, María, recorría diariamente la distancia entre la Segunda Norte con la 81 y el trabajo, atravesando con paso apurado la zona de "tolerancia". Eran caminatas silenciosas, donde el esfuerzo empezaba a labrar su carácter.
La amistad con don Jorge fue mucho más que un puente laboral; fue el inicio de un registro sagrado. Don Jorge, que llevaba en sus manos el prestigio de trabajar para la Kodak, se convirtió en el guardián de la mirada de la familia. Fue a través de él que llegó a la casa el primer tesoro tecnológico: una cámara fotográfica que parecía un objeto de culto.
Venía resguardada en un estuche de cuero marrón, con forma de bolso pequeño y elegante que se colgaba al hombro, como si la memoria fuera algo que se pudiera llevar de paseo. El cuero, frío protegía el mecanismo que atrapaba instantes antes de que el tiempo se los llevara.
Los domingos se volvieron expediciones de luz. El destino favorito eran las afueras del aeropuerto de Cali, donde el cielo parecía más ancho. Allí, mientras los aviones rasgaban el aire, las hermanas se detenían a posar. El clic del obturador era un latido seco que detenía el tiempo.
Se tomaban fotos junto a las cercas, en los monumentos, con los vestidos de domingo ondeando y las sonrisas puestas para la posteridad. No sabían entonces que esas imágenes en blanco y negro, reveladas con la complicidad de don Jorge, serían las pruebas de vida que viajarían años después dentro del baúl . En el visor de aquella Kodak, la familia era eterna: siempre jóvenes, siempre en el Valle, siempre bajo el sol de una tierra que todavía no conocía la nostalgia de la partida.
En aquellos años, los graneros de los paisas eran pequeños lugares de encuentro. A Maria le gustaba entrar solo para escucharlos hablar. El antioqueño, describe su tierra con tal orgullo que, sin darse cuenta, fueron sembrando un anhelo en ella: conocer Medellín, esa ciudad nombrada como si fuera un sueño.
En sus primeras vacaciones de la fábrica, la madre le dio permiso para viajar. Juntas llegaron hasta Pereira; desde allí, la joven continuó su viaje sola, tomó el tren hacia La Pintada y luego un bus hasta Medellín. Se quedó un mes. Pasaba las tardes en el Parque Berrío, de pie frente a la vitrina del almacén Navarro Ospina, mirando televisión como quien presencia un prodigio. Vio los alumbrados de la avenida La Playa y regresó a Cali. Volvió hablando de montañas, luces y del asombro.
Su entusiasmo terminó por inquietar a la madre, quien decidió ir a conocer aquella ciudad.
Cuando Antonia regresó, habló con voz firme:
—Nos vamos a vivir a Medellín.
El éxodo y el baúl.
Comenzó entonces el rito de las despedidas. Vendieron lo poco que tenían y empacaron la vida entera en un viejo baúl de madera. En sus entrañas cargaron el pasado: los utensilios que habían alimentado a la familia, las sábanas que aún conservaban el olor del hogar, los adornos de plata, la vajilla de porcelana y la cámara fotográfica; en fin, todo lo que creían importante. El baúl era pesado, sólido y reacio al movimiento, como si el propio Valle del Cauca se resistiera a dejarlas partir, anclándose con fuerza al suelo.
Sin embargo, no toda la vida cabe en un cofre. La geografía de la familia se fracturó: una de las hijas, recién casada, se quedó en Palmira con sus dos pequeños hijos. Los abrazos de despedida fueron nudos apretados; ella se quedaba a sembrar sus propias raíces mientras las demás partían cargando la nostalgia en el equipaje. Hubo resistencia y lágrimas entre las que no querían cambiar lo seguro por lo incierto, pero la voluntad de Antonia no preguntaba, sino que empujaba hacia adelante. Al final, les tocó marcharse, aunque el corazón se les quedara un poco atrás.

Al llegar a Medellín, su primer refugio fue el barrio Belén, donde el estruendo de los aviones del Olaya Herrera marcaba el ritmo de sus días. Sin embargo, el destino final aguardaba en las laderas. Gracias a un vendedor de telas, Antonia descubrió la que sería su fortaleza: una casa en el barrio Caicedo. El precio, cinco mil pesos, representaba una fortuna y el fruto de años de privaciones y esfuerzos. Era una casa hermosa con una fuente en la entrada y un balcón de persianas que filtraban con delicadeza, la luz de la mañana.
Al verla, las hijas sintieron el rigor del cambio: aquello parecía monte virgen. Significaba cambiar el asfalto plano de Cali y la comodidad de Belén por las polvorientas y empinadas lomas de San Antonio. Pero Antonia caminaba entre la tierra suelta con una sonrisa, cantando bajito: «Yo tengo ya la casita...».
El ascenso a la nueva vida
Llegar a aquella casa cada día era una batalla contra la gravedad y una defensa de la elegancia. Las muchachas, con sus vestidos entallados y guantes de finura vallecaucana, desafiaban el terreno hostil. Cada paso era una pequeña batalla: el tacón se hundía en la tierra, resbalaba entre las piedras y buscaba apoyo donde no lo había. Caminaban despacio, sosteniéndose unas a otras, cuidando de no caer, tratando de no perder ni el equilibrio ni la dignidad. El viento movía las faldas, desarmaba los peinados y el sudor se mezclaba con el polvo del camino.
Subían cada día esas lomas interminables; el cansancio se sentía en el cuerpo y la nostalgia en el alma. Allí comenzó, paso a paso, la conquista de su nuevo destino.
Así llegó esta estirpe matrilineal a Medellín: entre miedos, despedidas que dolían y sueños que daban impulso.
Fue en esas laderas donde las hermanas empezaron a multiplicarse con una urgencia vital. En un abrir y cerrar de ojos, la casa se llenó de nuevos llantos y risas; la familia creció de forma exponencial, como si la montaña les exigiera poblar la de vida. El viejo baúl , que una vez guardó utensilios viejos, terminó llenándose de una historia nueva, tejida con el hilo de las que se atrevieron a cambiar el valle por la montaña.

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