De el niño que cantaba himnos a el joven que dormía entre cartones.
- Martha Elena Loaiza
- 30 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 20 horas

Josué fue un bálsamo. El primero en llegar: nieto, hijo, sobrino. Su nacimiento encendió una luz cuando la tristeza se había instalado en la casa. Todo misterio sobre quién fue su padre se volvió irrelevante frente a la urgencia de su risa.
Josué poseía un don: una voz privilegiada y una alegría desbordada. Los pasillos de la casa se inundaron de cánticos. Él era la banda sonora de la esperanza.
Con todo, esa paz que regalaba no alcanzó para salvarlo de sí mismo. Bajo esa voz habitaban tormentas que nadie supo nombrar. Un día, el niño que orbitaba en el centro del mundo familiar cruzó la frontera invisible del hogar y decidió dejar el refugio de su casa para enfrentar la dureza de la calle.
La casa quedó muda. El aire se volvió pesado, como si faltara oxígeno. La búsqueda fue un acto de amor desesperado: la familia recorriendo la Medellín de 1965, una ciudad que aún conservaba gestos de pueblo, pero que ya aprendía a esconder sombras en sus pliegues.
Cada tarde, cuando el sol se rendía tras las montañas del Valle de Aburrá; La abuela, la madre y las tías caminaban el centro con el corazón expuesto, preguntando en cada esquina, pronunciando su nombre como una oración. Aquella Medellín era una cuadrícula de luces débiles y noches donde el frío dolía más al imaginar al niño durmiendo bajo el cielo abierto.
La noche del hallazgo fue un golpe contra la realidad. No encontraron al niño de voz bendita, sino a un cuerpo ajeno, envuelto en cartones. La alegría del rescate estalló de inmediato: abrazos, lágrimas, una sopa caliente esperándolo en la mesa. Creyeron —ingenuamente— que la fe y un techo bastarían para borrar la calle de su piel.
Pero Josué ya había cambiado. El bajo mundo le había susurrado una promesa peligrosa de libertad, una que la disciplina del hogar no podía igualar. Las normas se le volvieron muros. El silencio de la casa, una jaula. Frente al caos vibrante de la calle, el orden familiar sonaba hueco. La disciplina pesaba demasiado para quien había aprendido a sobrevivir bajo leyes propias.
Josué estaba presente en el cuerpo, pero el alma siguió vagando. La casa, se le volvió estrecha. Ganarlo de vuelta fue una victoria breve; perderlo de nuevo, una derrota definitiva.

Después de un par de regresos que fueron solo espejismos de esperanza, Josué partió para no volver. A los catorce años, cruzó el umbral de la puerta llevando consigo el eco de su voz privilegiada. No hubo una despedida formal; fue una huida. Su ausencia, un vacío que se volvió permanente.
La abuela quedó con el alma destrozada, habitando un luto perpetuo que no tiene tumba donde llorar.
La madre se refugió en un silencio hermético, como si al cerrar la boca pudiera contener el dolor de no saber su paradero.
La historia dejó una herida abierta que la familia ha aprendido a llevar como una cicatriz compartida.
Josué no maduró en el hogar, se diluyó en el misterio de la ciudad.
Las décadas han pasado —desde aquel Medellín de los años sesenta hasta el presente — y Josué no ha muerto en la memoria. Se ha convertido en una figura legendaria dentro del linaje familiar.
Se habla de él algunas veces. Se imagina qué habría sido de esa voz que llenaba la casa.
Se le mantiene un lugar simbólico en el árbol genealógico, aunque su rama se pierda en la niebla.
Josué es el recordatorio de que, a veces, el amor no puede competir con el llamado de un destino errante. Nunca se supo qué fue de él, pero en cada nueva huida, su nombre vuelve a surgir.
Así operan las tragedias silenciosas: se gana una batalla y se pierde la guerra.
Con todo mi amor, a la memoria de Josue.

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