top of page

Alba, o el tiempo en un pequeño baúl.

Actualizado: hace 21 horas



En Medellín, la madre—Antonia, era su nombre—enfrentaba con tristeza el camino que, una a una, tomaban sus hijas. Sumida en ese sentimiento, emprendió un viaje al Urabá antioqueño, sin saber que allí su destino cambiaría.

Fue en una iglesia donde la vio. Sentada en una banca de madera, estaba la niña: tendría unos nueve años, la piel blanca como la espuma, los ojos negros y profundos, el cabello castaño recogido en una coleta. Vestía un sencillo traje a cuadros. No lloraba. Quien ha perdido demasiado aprende pronto a guardar las lágrimas.


Afuera, la tierra húmeda y el banano fermentaban bajo el sol; adentro, el templo olía a sombra y quietud. El mundo parecía haberse detenido allí. La niña permanecía inmóvil, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo, como si sostener el cuerpo fuera la única forma de no quebrarse. Sus ojos no buscaban consuelo, sino silencio. Antonia supo, sin que nadie se lo dijera, que esa mirada había visto demasiado.

Le contaron entonces la tragedia: la violencia había arrasado su vereda y la pequeña era el único retoño que quedaba de un árbol familiar talado por la guerra.

Antonia se acercó despacio.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con esa voz suya, donde siempre convivían la autoridad y la ternura.

La niña giró apenas la cabeza.

—Alba —respondió en un susurro, como si pronunciara una verdad irreparable.

Antonia no era mujer de dudar. Sintió una punzada en el pecho, un instinto protector que no conocía fronteras. Miró a la niña, tan quieta, tan sola, y sin consultarlo con nadie más que con su propio corazón, tomó una decisión.

Se puso de pie, le extendió la mano y dijo, con una firmeza que no admitía réplica:

—Me la llevo.

Y regresó con ella a Medellín.


Alba no preguntó a dónde. El gesto bastó.


Días después, el verde ardiente del Urabá quedó atrás y las montañas abrieron su aliento frío. Mientras ascendían, algo invisible comenzaba a moverse: no era todavía esperanza, solo mucho silencio.

En aquella casa, el mundo de Alba se volvió pequeño y ajeno, reducido al espacio entre sus zapatos y el suelo de baldosas rojas que ahora pisaba. A sus nueve años, el pensamiento no era una reflexión clara, sino una sucesión de preguntas sin respuesta que le apretaban el pecho.

Todo olía distinto. No había rastro del banano ni del aire húmedo del Urabá; en su lugar, el aire estaba impregnado de cera de piso y del perfume denso de tantas mujeres juntas. Alba se sentía como una intrusa en una historia que ya había comenzado. Al mirar a las hijas mayores de Antonia no veía hermanas, sino figuras lejanas que compartían una complicidad que ella aún no entendía. Dudaba incluso de si debía pedir permiso para respirar, para sentarse, para existir en ese espacio que no le pertenecía.

En su mente se repetía una idea persistente: su vida anterior había sido borrada. Temía que, si cerraba los ojos con demasiada fuerza, olvidaría el rostro de su verdadera madre, desplazado poco a poco por la figura firme de Antonia. Había en ella una culpa silenciosa: la de estar a salvo mientras todo lo que había conocido quedaba atrás, sepultado por la violencia.

Caminaba por el corredor con pasos de seda, intentando ser invisible, convencida de que en cualquier momento alguien descubriría que ella era un error en ese cuadro familiar. Pero, aun así, una chispa se encendía cada vez que Antonia la miraba: la intuición de que quizá no la habían traído para ser una invitada, sino para convertirse en el pedazo que faltaba en ese lugar lleno de mujeres.

Alba, creció despacio, como quien aprende a ocupar un lugar sin hacer ruido. Poco a poco se fue involucrando en las dinámicas de la familia: los silencios compartidos, las miradas que decían más que las palabras, las tareas cotidianas que se volvían una forma de pertenecer.



Consiguió trabajo haciendo labores domésticas, era lo que sabía, lo que había aprendido. Iba y venía con la disciplina de quien no quiere fallar, con los pies todavía pequeños para un mundo que exigía demasiado. Una tarde regresó bajo un sol limpio, luminoso, con la alegría tímida de haber recibido su primer salario. Traía un regalo para Antonia: un reloj despertador, de esos que tienen una gallinita con pollitos adentro, cuyas cabezas se movían con gracia al pasar el tiempo. Se lo entregó con una sonrisa abierta, orgullosa, como si en ese objeto sencillo cupiera todo su agradecimiento.


En ese ir y venir, Alba conoció otras casas, otras gentes, otras formas de vivir. Era niña aún cuando un día decidió partir. No lo hizo sin dolor. Dejó atrás a la madre con un vacío grande, de esos que no se llenan con palabras ni con explicaciones. Alba también llevaba consigo sus propias heridas, algunas visibles, otras guardadas muy adentro, donde el tiempo no siempre alcanza.

Se recogieron las fotos y los recuerdos en un pequeño baúl. Poco a poco, su nombre se dijo menos. Su presencia se volvió silencio. Pero quedaron flotando en la casa su hermosa sonrisa y su voz dulce de niña, como un eco suave que se niega a desaparecer del todo.

A la memoria de Alba Vidales; con amor y gratitud por tu bonito recuerdo.

Elena Loaiza.


 
 
 

Comentarios


bottom of page