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Escaleritas de agua.

Actualizado: 1 feb



LO QUE PASA CUANDO NO PASA NADA.

 jueves 11 de mayo 2017.


Ante el planteamiento de Alejandra Restrepo:

Identifiquen si han sido discriminadas en los espacios de participación social a los cuales pertenecen, ¿ha habido cambios? ¿Cuál es la experiencia que más nos identifica?

No pasa nada, me digo y me quedo mirando las baldosas y sus oscuras rayas divisorias.

No pasa nada, pero pasa. Pasa por mi mente una y otra vez, el pasado pretérito pluscuamperfecto.

Doy vuelta atrás muchos años. No pasa nada, me repito…

De repente, pasa de todo y es posible que sea tan cobarde como para no querer enfrentarme a ello.

Las voces de mis compañeras se vuelven ecos. Las miro a todas y miro a Alejandra, con mi capacidad adquirida de estar y no estar cuando me lo propongo.

Al día siguiente salgo en la mañana a la centralidad del corregimiento. Llueve, llueve, llueve. Se forman escaleritas de agua que corren por las vías perpendiculares. Y pasan por mi memoria los recuerdos infantiles, cuando jugaba a subir las escaleritas de agua, agua, agua… Recuerdo, soy de agua y pasa lo que pasa cuando pasa de todo por la memoria.

Entonces voy al desván y empiezo a colgar fotografías en la galería de historias No sé a qué horas ha pasado. Siempre pasa.

Respiro y me refugio en un alero y continúo mirando las escaleritas de agua.


Galeria de Imágenes Escuela del Habitat - CEHAP - Facultad de Arquitectura - Universidad Nacional de Colombia - Sede Medellín
Galeria de Imágenes Escuela del Habitat

Sanar la memoria es un oficio de rigor.

Medellín, 1995. Barrio Niquitao. El hambre como estado absoluto. Un inventario de daños: violaciones, abandono y una salubridad inexistente. Al fondo, el ruido blanco del alcohol y la droga.

Con mi equipo —enfermera, fotógrafa, docentes, diseñadora e ingeniera— recorríamos las viviendas cada sábado. El plan era concreto: diseñar estrategias para contener el daño en la infancia del sector.

Tras seis meses de gestión, los resultados se archivaron en el expediente de Acción Social del líder local. Entonces, el proyecto nos fue arrebatado. El argumento fue una sentencia: la iniciativa había crecido demasiado para quedar en manos de mujeres. El mando debía pasar a hombres "idóneos". Llegó Visión Mundial y el orden se impuso: nosotras a la caracterización, ellos a la dirección. Esa era la lógica.

Buscamos otros frentes. Convencidas de nuestra capacidad de gestión, trasladamos el esfuerzo a otros estratos. Nos convencimos de que Niquitao era un territorio demasiado hostil para nuestra supuesta delicadeza. "¿Y ahora qué hacemos?", preguntaron. La respuesta fue la acción: teatro, reportería, bazares y campamentos. Fundamos un periódico infantil que financió la operación y diseñamos material didáctico y esquemas de intervención propios.


Los nuevos líderes eran dos hombres. Bajo su mando, pasamos de creadoras a subalternas: cada plan, estructura y ejecución de nuestra autoría debía ser sometido a su aprobación.

El desgaste hizo lo suyo. El equipo se disolvió y, una a una, emigraron hacia otros espacios o el extranjero.

Me convencí de que mi lugar era otro. Intenté acallar ese impulso de servir donde nadie me llamaba. Me forcé a aceptar la infelicidad como un estado natural, una inercia que siempre me había acompañado. El trabajo social no era solo altruismo; era mi pulmón, el mecanismo para anestesiar mis dolores mediante el contacto con la tragedia ajena. En el consejo, el abrazo y el cuidado, buscaba la reparación de mi propia carencia

«No pasa nada», me repetía. Pero el tiempo no perdona y termina por pasar factura. Intenté recuperar a mis compañeras, convencerlas de que yo no fui la grieta en sus proyectos truncados.

¿Qué sucede cuando parece que no ocurre nada? Se abre un abismo. Aunque el afecto persiste, los recuerdos duelen. Por eso, con una cortesía milimétrica, postergamos los encuentros hasta el próximo año o la siguiente vida.

Necesité cinco años de días y noches para avanzar.

Como el oficio social me persigue, he vuelto a él, pero bajo mis propios términos: sin entregas absolutas y lejos de estructuras mixtas. Ahora busco espacios de mujeres. Fui delegada de presupuesto participativo y sentí náuseas al ver la misma historia circular. Me agota la retórica y me aburren los discursos que no muerden la realidad.

Todo pasa y todo queda, decía un poeta. Queda el aprendizaje y el rigor de la experiencia. A veces miro la vida como una trama que insiste en sus capítulos más oscuros porque son los que tienen mayor audiencia.

Ya no me pregunto por qué ni para qué encarné en este tiempo. Sé que, bajo la superficie de la calma, todo se está transformando.

Y tú, Alejandra, con tus preguntas, me obligas a reconocer las huellas de este mapa.


Con amor: Elena.


 
 
 

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