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​El viaje de los recuerdos: El eco de Antonia.

Actualizado: 2 feb


​Estela y Elena creyeron ser el espejo de lo que Ester y Sara debieron ser y no fueron. El baúl de hojalata era ahora su refugio y, al mismo tiempo, el cofre de su inocencia.


​Desde el umbral del tiempo las vemos. Son las cuatro de la mañana. No hay despertadores, solo el impulso de la emoción. Las niñas se deslizan de la cama con una suavidad ensayada; saben bien que en esta casa los saltos y los aspavientos están prohibidos. Luego, paradas frente al balcón, esperan la orden de partida —mágico balcón— desde donde observan crecer a Medellín. Tan mágico era que, según les decía la abuela, desde allí era posible ver la marea alta; y ellas no solo lo creían: la veían. También veían caer estrellas y alimentarse a los azulejos.

​Por la empinada cuesta del barrio Caycedo parte alta, descendían a tomar el bus de las cinco. El destartalado armatoste viajaba sin prisa por la única vía existente hasta Bolívar con Amador; allí giraba a la izquierda y aparecía la Estación Medellín.

​La abuela se apresuraba a comprar los boletos.

—Son doce pesos. Los niños de tres a siete años pagan medio pasaje a condición de que dos ocupen un solo puesto —argumentaba el taquillero.

Los boletos serían parte de la distracción del viaje.

​ Esperaban sobre el andén del tren —plataforma se le llama hoy—, temblando de frío a pesar de llevar puestos los saquitos de lana de oveja traídos desde Bogotá por la abuela exclusivamente para sus dos nietas: rojo para Estella la Tata y violeta para Elena. Pero claro, cómo no sentir frío si todo se les colaba por las piernas. Y es que, como decía la abuela: «Dama que se respete no usa pantalones».


​El tren estaba listo para partir con su locomotora a diésel; habían retirado no hacía mucho las de vapor. El maquinista y los ayudantes vigilaban constantemente que no se colara ningún polizón. El jefe de estación daba la señal: todo en orden. A abordar el tren.

​ Los de primera clase se acomodaban en sus mullidos asientos tapizados de rojo. Ellas debían pasar de largo para sentarse en la madera dura y fría de los vagones populares.


​Partía el tren con los primeros rayos del sol. En las puertas de los ranchitos de madera y cartón, construidos a orillas de la vía férrea y del río, asomaban siempre niños agitando sus manos en un adiós, y ellas les sonreían.

​La primera parada: Bello. Para ese momento ya habían iniciado la competencia de repetir los nombres de las estaciones de memoria: Medellín, Bello, Copacabana... hasta Puerto Berrío. Y luego en orden descendente: Puerto Berrío, Malena…

Después, a disfrutar el paisaje. El tren serpenteaba por el majestuoso valle interrumpiendo el sueño tranquilo del inmenso cielo azulado. Los puentes de piedra y de madera, los montes, las verdes praderas y el aire penetrando la piel, el alma y los sentidos.


Calentaba el sol y se despojaban de los sacos para sacar el libro de cuentos, ese que guardaron celosamente todo el año sin mirarlo para que no estuviese «muy leído» al finalizar el año y lograra fascinarlas durante el viaje. Jugaban a sorprenderse con las historias, fingiendo no haberlas escuchado nunca. Leían en voz alta bajo la supervisión de la abuela, quien no iba a permitir que, habiéndoles enseñado a leer correctamente, cometieran atropellos lingüísticos.

​El tren descendía y el sol ascendía cada vez más. En cada parada ingresaban por ambas puertas vendedores con coloridos trajes y grandes diamantes de sudor en la piel; eso sin contar a los que las asediaban por las ventanillas vociferando sus productos. Nunca supieron a qué sabían las dichosas hojaldras. —Producen una sed espantosa —decía la abuela con su particular gusto por la ironía —. Habría que comprar entonces esa poco higiénica avena de colores, envasada en botellas de vidrio de alguna compañía de gaseosa y quién sabe lavadas con qué pocas normas de higiene. Además, podía ensuciarse la inmaculada sonrisa lograda con hierba y ceniza —receta suya, por supuesto—, pues era bien sabido que la elegancia se demuestra al sonreír.


​Pasado el mediodía arribaban a su destino. A 160 kilómetros de Medellín y a unos 500 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la estación Cabañas. Descendían del tren rápidamente, ya que el tiempo de permanencia dependía de la importancia del lugar. Una antigua construcción de paredes blanqueadas y techo de vigas marrones fungía como oficina, bodega, expendio de tiquetes y abrevadero de las bestias. Dos o tres casas de tapia con puertas de madera roja, a orillas de la quebrada La Negra, componían toda la parte central de aquella población.

​Desde allí iniciaban el recorrido hacia la finca. Podrían haberlo hecho a caballo, pero la abuela —que era sabiduría pura— sentenciaba: «Las damas no montan en bestia, a no ser que sea una mansa, y el tío no tiene ninguna igual». Descansaban de vez en cuando a la sombra de algún frondoso árbol, bebiendo de un nacimiento o comiendo guayabas caídas. Con suerte encontraban una papaya, la cual ingerían con semillas: un purgante natural.


Allí, en ese hermoso paraíso, sin agua, sin luz y sin teléfono, cargando leña, bebiendo leche recién ordeñada, bañándose en la quebrada y alimentando a las aves de corral, pasaban las vacaciones. Lejos de la ciudad, donde en las fiestas decembrinas «aparece el diablo y hace de las suyas», según decía la abuela.


Aquellas advertencias de la abuela sobre el diablo no eran simples relatos para infundir temor; eran su manera de trazar la frontera entre el refugio sagrado del campo y los peligros del mundo exterior.

Más allá de la quebrada y de las sentencias de Antonia, la geografía familiar alcanzaba otras realidades donde el peso de la existencia se medía con una vara distinta.

A cientos de kilómetros de la casa donde los baúles custodiaban secretos, el tío habitaba su propio dominio de tierra y ganado. Su vida era el rigor del campo: el manejo diestro de las reses, el cuidado de los pastos y el lenguaje de los arreos que colgaban, siempre listos, en el corredor. Se había casado a los diecisiete años con una muchacha aún más joven, y juntos habían criado a seis hijos varones, llegados uno tras otro entre madrugadas de ordeño.

Su baúl, macizo y de madera, descansaba en un rincón de la casa de adobe y olor a leña.

Este no guardaba planes de escape ni memorias de huidas; solo custodiaba la ropa de salir al pueblo, camisas de plancha impecable y sombreros para el domingo. En sus manos, callosas por el trabajo duro pero firmes en el oficio, la vida transcurría lenta, como si el ejercicio constante de cuidar la tierra le hubiera permitido doblegar cualquier amargura del pasado











 
 
 

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