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​El viaje de los recuerdos: El eco de Antonia.

Actualizado: hace 17 horas


​Estela y Elena creyeron ser el espejo de lo que Ester y Sara debieron ser y no fueron. El baúl de hojalata era ahora su refugio y, al mismo tiempo, el sarcófago de su inocencia.


​Desde el umbral del tiempo las vemos. Son las cuatro de la mañana. No hay despertadores, solo el impulso de la emoción. Las niñas se deslizan de la cama con una suavidad ensayada; saben bien que en esta casa los saltos y los aspavientos están prohibidos. Luego, paradas frente al balcón, esperan la orden de partida —mágico balcón— desde donde observan crecer a Medellín. Tan mágico era que, según les decía la abuela, desde allí era posible ver la marea alta; y ellas no solo lo creían: la veían. También veían caer estrellas y alimentarse a los azulejos.

​Por la empinada cuesta del barrio Caycedo parte alta, descendían a tomar el bus de las cinco. El destartalado armatoste viajaba sin prisa por la única vía existente hasta Bolívar con Amador; allí giraba a la izquierda y aparecía la Estación Medellín.

​La abuela se apresuraba a comprar los boletos.

—Son doce pesos. Los niños de tres a siete años pagan medio pasaje a condición de que dos ocupen un solo puesto —argumentaba el taquillero.

Los boletos serían parte de la distracción del viaje.

​Esperaban sobre el andén del tren —plataforma se le llama hoy—, temblando de frío a pesar de llevar puestos los saquitos de lana de oveja traídos desde Bogotá por la abuela exclusivamente para sus dos nietas: rojo para la Tata (que para ese entonces no era Tata) y violeta para Elena. Pero claro, cómo no sentir frío si todo se les colaba por las piernas. Y es que, como decía la abuela: «Dama que se respete no usa pantalones».


​El tren estaba listo para partir con su locomotora a diésel; habían retirado no hacía mucho las de vapor. El maquinista y los ayudantes vigilaban constantemente que no se colara ningún polizón. El jefe de estación daba la señal: todo en orden. A abordar el tren.

​Los de primera clase se acomodaban en sus mullidos asientos tapizados de rojo. Separadas por el vagón restaurante, ellas debían pasar de largo para sentarse en la madera dura y fría de los vagones populares.

​Partía el tren con los primeros rayos del sol. En las puertas de los ranchitos de madera y cartón, construidos a orillas de la vía férrea y del río, asomaban siempre niños agitando sus manos en un adiós, y ellas les sonreían.

​La primera parada: Bello. Para ese momento ya habían iniciado la competencia de repetir los nombres de las estaciones de memoria: Medellín, Bello, Copacabana... hasta Puerto Berrío. Y luego en orden descendente: Puerto Berrío, Malena…

Después, a disfrutar el paisaje. El tren serpenteaba por el majestuoso valle interrumpiendo el sueño tranquilo del inmenso cielo azulado. Los puentes de piedra y de madera, los montes, las verdes praderas y el aire penetrando la piel, el alma y los sentidos.


Calentaba el sol y se despojaban de los sacos para sacar el libro de cuentos, ese que guardaron celosamente todo el año sin mirarlo para que no estuviese «muy leído» al finalizar el viaje y lograra fascinarlas. Jugaban a sorprenderse con las historias, fingiendo no haberlas escuchado nunca. Leían en voz alta bajo la supervisión de la abuela, quien no iba a permitir que, habiéndoles enseñado a leer correctamente, cometieran atropellos lingüísticos.

​El tren descendía y el sol ascendía cada vez más. En cada parada ingresaban por ambas puertas vendedores con coloridos trajes y grandes diamantes de sudor en la piel; eso sin contar a los que las asediaban por las ventanillas vociferando sus productos. Nunca supieron a qué sabían las dichosas hojaldras.

—Producen una sed espantosa —decía la abuela con su particular gusto por la ironía delicada y soterrada—. Habría que comprar entonces esa poco higiénica avena de colores, envasada en botellas de vidrio de alguna compañía de gaseosa y quién sabe lavadas con qué pocas normas de higiene. Por lo demás, puede echarse a perder el apetito y no se puede despreciar la comida de la finca: ¡Eso sí es comida!

Además, podía ensuciarse la inmaculada sonrisa lograda con hierba y ceniza —receta suya, por supuesto—, pues era bien sabido que la elegancia se demuestra al sonreír.


​Ellas, privilegiadas, viajaban en un tren arrastrado por una locomotora a diésel, y esta era tan «veloz» que había que estar atentas para que no las sorprendiera la entrada al túnel con la cabeza fuera de la ventanilla.

​Pasado el mediodía arribaban a su destino. A 160 kilómetros de Medellín y a unos 500 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la estación Cabañas. Descendían del tren rápidamente, ya que el tiempo de permanencia dependía de la importancia del lugar. Una antigua construcción de paredes blanqueadas y techo de vigas marrones fungía como oficina, bodega, expendio de tiquetes y abrevadero de las bestias. Dos o tres casas de tapia con puertas de madera roja, a orillas de la quebrada La Negra, componían toda la parte central de aquella población.

​Desde allí iniciaban el recorrido hacia la finca. Podrían haberlo hecho a caballo, pero la abuela —que era sabiduría pura— sentenciaba: «Las damas no montan en bestia, a no ser que sea una mansa, y el tío no tiene ninguna igual». Descansaban de vez en cuando a la sombra de algún frondoso árbol, bebiendo de un nacimiento o comiendo guayabas caídas. Con suerte encontraban una papaya, la cual ingerían con semillas: un purgante natural.


​El arribo a la finca La Luz era festejado por los primos, vestidos con impecables trajes de piel tostada por el sol, para escándalo de la abuela, quien ordenaba que los vistieran rápidamente. La mamá aducía que a ellos la ropa les estorbaba.

Allí, en ese hermoso paraíso, sin agua, sin luz y sin teléfono, cargando leña, bebiendo leche recién ordeñada, bañándose en la quebrada y alimentando a las aves de corral, pasaban las vacaciones. Lejos de la ciudad, donde en las fiestas decembrinas «aparece el diablo y hace de las suyas», según decía la abuela.


Así fue hasta que la abuela enfermó. Entonces cesaron los viajes a la finca, los paseos al morro a jugar pelota y la separación de retazos. Antonia, que había sido la custodia y guardiana de la moral y la fe, se convirtió en una presencia enjuta y cansada; sus fuerzas se agotaron y con ellas se esfumó la abundancia de los días de sol.



La casa se volvió fría. El hambre empezó a rondar los pasillos como una sombra persistente. En el solar árido y castigado por el olvido, los niños escarbaban la tierra con las uñas, buscando desesperadamente alguna sidra olvidada para cocinarla apenas con un puñado de sal.

En el sótano, Antonia, con las manos entrelazadas y la voz quebrada, se entregaba a oraciones infinitas. Rogaba al cielo que los tarros del mercado se llenaran, que el milagro de la multiplicación ocurriera en su cocina. Los nietos y nietas la observaban con los ojos fijos en los estantes vacíos, esperando que la fe de la abuela moviera las montañas de la necesidad. Y vaya si intentaron creer. Se aferraron a las promesas y a las oraciones con la desesperación de quien se hunde en el río Porce.

Pero el milagro no llegaba. Día tras día, al ver que los recipientes seguían tan vacíos como sus platos, fueron perdiendo la fe. Entendieron, entre el polvo del solar y el silencio de las madres, que el Dios de la abuela se había quedado mudo. Entendieron que las oraciones no llenan estómagos y que ese Dios parecía haberse quedado dormido en alguna de aquellas estaciones de tren que ya solo existían en su memoria.


Con la enfermedad regresaron las hijas. La hija mayor volvió a instalarse en la casa para asistir a una Antonia que se desvanecía entre las sábanas. Pero no regresaron solas: trajeron consigo más vida. De pronto, los tres niños que correteaban por los pasillos se convirtieron en siete. El solar, se volvió un escenario de juegos desesperados bajo el sol.


Eran más bocas para alimentar, más pies para calzar, más ojos esperando un milagro que no se anunciaba. A pesar del bullicio de los siete niños intentando jugar entre las piedras, la casa se fue silenciando.


Cuando la abuela Antonia partió de este plano terrenal, salieron algunos de la casa del mágico balcón, dejando atrás los azulejos. Cruzaron el umbral con la barbilla en alto, imitando aquella distinción que Antonia les grabó a fuego.


Pero el pasado no se deja atrás tan fácilmente; se aferró con pasión a su piel. Por más que caminaron, por más que intentaron lavarse la memoria con nuevos paisajes, la escasez y el silencio de aquella casa los perseguían. Descubrieron, con una amargura lenta, que se puede salir del barrio Caycedo, pero el barrio —con su hambre, su fe perdida y sus sidras con sal— a veces se queda a vivir para siempre en el alma.


Entendieron, que el viaje en tren nunca terminó. Que las estaciones de la alegría y las de la penuria son parte de la misma vida.





 
 
 

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