De hojitas y sueños
- Letras Vinotinto
- 1 feb
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Actualizado: 21 feb

A medida que los años setenta avanzaban, Medellín se transformaba bajo el pulso de la modernidad, mientras Estela y Elena crecían amparadas por una verdad cuidadosamente editada. En el barrio eran simplemente «las niñas de la casa», una suerte de bendición colectiva custodiada por un ejército de tías y una abuela que se desgastaba en un murmullo de advertencias, vigilando que el pasado no encontrara ninguna rendija para despertar.
La identidad en la sombra
Para ellas, la figura del «padre» era un concepto abstracto, algo que habitaba en las radionovelas o en los libros escolares, pero que en su realidad carecía de rostro y de nombre. En su mundo, todas las mujeres de la casa conformaban una sola unidad de protección, una muralla sin fisuras.
La entrada a la escuela
Solo había una escuela femenina en el barrio y era católica. Las demás quedaban demasiado lejos o representaban un lujo imposible, así que no hubo discusión: Estela y Elena tendrían que cruzar esa puerta.
El primer día caminaron tomadas de la mano. Llevaban vestidos limpios, y el cabello recogido en trenzas y amarrado con cintas discretas. Parecían iguales a las demás, pero no lo eran. Cargaban con dos ausencias que no figuraban en ningún cuaderno, pero que pesaban más que cualquier mala nota: no tenían apellido paterno y no eran católicas.

La directora las recibió con una sonrisa correcta, de esas que no alcanzan a iluminar los ojos. Revisó los documentos, deteniéndose en el espacio en blanco donde debía constar el nombre del padre.
—¿Y el bautismo? —preguntó sin levantar la vista.
—No lo tienen —respondió María con voz firme.
La mujer cerró la carpeta despacio, con una solemnidad gélida.
—Aquí se enseña doctrina —sentenció—. Las niñas deberán adaptarse.
No fue una advertencia; fue una condena. Desde ese día, Estela y Elena aprendieron mucho más que letras y números. Aprendieron a bajar la mirada durante la oración sin llegar a cerrar los ojos; a mover los labios sin pronunciar las palabras; a distinguir el silencio que protege del silencio que acusa.
Las demás niñas lo notaron pronto.
—Ellas no tienen papá —susurraban en los rincones.
—Y no van a misa —añadían otras, como si la diferencia fuera un mal contagioso.
La abuela se limitaba a lavar los uniformes cada tarde con un esmero casi ritual, y María planchaba los cuellos blancos hasta dejarlos rígidos, como piezas de una armadura. Oraban en susurros, no por fe, sino por el peso de la costumbre.
El baúl de hojalata comenzó a guardar, por primera vez, cuadernos escolares y lápices gastados. Pero allí también quedaron sepultadas las primeras heridas, esas que no sangran pero marcan. Las niñas no preguntaron; se adaptaron. En aquella casa, ser mujer les había enseñado pronto que la pertenencia es algo que siempre se negocia.

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