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De la serie: Más aventuras.

Actualizado: 13 nov 2023


Fotografía tomada por Joshua Bozluk
Panorámica Edificio Coltejer

La década del sesenta fue un período de cambios significativos y contradicciones en todo el mundo. Las ideologías juveniles y feministas asumían y lideraban desde Francia una dimensión ideológica con rasgos contradictorios.

En América Latina, Mercedes Sosa lanzaba su primer disco "La Voz de la Zafra" y creaba el movimiento de la nueva canción. Mientras tanto, el movimiento Hippie proclamaba su paz y amor, con mensajes a la vez sustanciales y liberadores. En Colombia, la mujer ganaba derechos importantes durante esta década. Lograron la posibilidad de ser propietarias, de acceder a la educación superior y el derecho al voto. Estos cambios significativos marcaron un hito en la historia de los derechos de la mujer en el país. En la televisión, las producciones Punch pagaban hasta trece mil pesos a sus concursantes en el programa de T.V "El precio es correcto". Este show, popular en su tiempo, reflejaba la tendencia de la época de promover la participación del público en los medios de comunicación. Durante los años 60 y 70, Medellín se fue llenando de humildes gentes que huían de conflictos en otras regiones. La ciudad creció y se transformó. Se inició la construcción del más alto edificio de la ciudad para albergar a la "alta esfera" ejecutiva de la Compañía colombiana de tejidos: COLTEJER. Este edificio se levantó en un lugar que antes ocupaban el teatro Junín y el hotel Europa. Profundas fosas eran excavadas ante nuestros atónitos ojos infantiles ¿.pensaran cavar hasta el infierno?, Nos preguntábamos. En el ámbito de la radio, programas como Kaliman, Esmeralda, Montecristo y La Ley contra el Hampa deleitaban a los oyentes. Kaliman, con Gaspar Ospina, Érika, Krum y Esther Sarmiento de Correa, fascinaba a los soñadores niños. Esmeralda hacía lo propio con las amas de casa. Montecristo y La Ley contra el Hampa eran programas que se disfrutaban a la hora del sancocho, aunque no en todas las casas. Algunos, como yo, nos enterábamos de estos programas por el alto volumen de los radios de los vecinos. Así, en medio de todo este barullo, me cuelo en la historia. Como muchos otros de mi generación, fui testiga y partícipe de una década que dejó una marca indeleble en la historia de nuestro país y del mundo. Una época de cambios, de música, de luchas y de transformaciones que aún hoy, medio siglo después, sigue resonando en nuestros recuerdos y en nuestra sociedad.

En casa se lee con pasión la Biblia y se ora por la salvación del mundo y, por supuesto para que nos falte la comida, Siempre nos faltó.La biblia por supuesto, lectura obligada día a día, noche a noche. Debo confesar que el apocalipsis causaba en mí escalofríos y terribles espantos, por lo tanto prefería a Salomón y sus proverbios.

Abran la biblia- ordenaba la abuela-. Y como por encanto mi biblia siempre se abría en el libro de proverbios,” no señorita, que tan raro, hay que escudriñar las escrituras”. -Decía la abuela.- y las oraciones: de rodillas a los pies de la cama, profundas, arrancadas del alma. Como nuestro repertorio fuese tan corto, quedábamos en silencio esperando a que ella terminara, “Dios: toca los duros corazones de estos niños -“decía la abuela-elevando al cielo sus lamentos. No llegando la contrición por la vía natural había que recurrir sigilosamente al agua del grifo y todos felices nuestros rostros bañados en” lágrimas”.


En casa eso de la piedad era cosa muy seria, creíamos en un Dios vigilante y vengativo ese que un día no sé cómo vendría a arrebatar a los que creyesen en El. Así, como lo hizo con Elías en aquel carro de fuego.

Los domingos desfilamos hacia la iglesia con nuestros almidonados trajes y nuestras muy bien peinadas cabezas. Muy al estilo Ingles. esos inolvidables viajes a la iglesia. A pie-, para no descompletar el diezmo- Ayacucho abajo. Bien limpiecitas. También por dentro. El estómago rugía, pero ante las maravillas del paseo dominical nuestra ansias de comida languidecían.

La primera maravilla sería el recién construido teatro Pablo Tobón Uribe y su muy esplendorosa fuente La Bachué.

Venía luego, la majestuosa playa sin mar, terminada en la avenida Primero de Mayo - la más corta del mundo -. En uno de sus costados se levanta el edificio Palacé. Allí, dos magníficos Apolos adornan la entrada, soportando sobre sus espaldas las columnas principales. He de confesar, que muchas noches la pase en vela sufriendo el dolor de aquellos valientes que soportaban tal martirio.

Luego La plazuela Nutibara con sus palmeras y su fuente en honor al cacique Nutibara que nos ponía de frente al palacio Calibío, -hoy palacio de la cultura Rafael Uribe Uribe- donde funcionaba la gobernación de Antioquia

Y unos metros más abajo la avenida de Greiff y allí en uno de sus costados la iglesia, de ascendencia metodista Británica que había saltado a la USA y mas tarde a estas lejanas tierras. Cambiando constantemente de nombre en su trayecto pero nunca de rigidez en sus dogmas. Y que en el corazón de la abuela calara con pasión y gran fuerza.

Una vez allí nos preparábamos para una muy larga y tortuosa mañana.

Los hombres en una nave, las mujeres en la otra, los niños en sus respectivos salones repartidos por sexo y por edades. Solo asistíamos al gran salón los días de eventos especiales. Como la Santa Cena, o cuando llegaba un misionero y su familia a tocar el piano y otros instrumentos. El asunto después de todo era exhibir a la maravillosa familia. Hubo quien deseo morir en ese suplicio y de hecho se le concedió.

De regreso a casa el recorrido era diferente. Nos era obsequiado por nuestro buen comportamiento un Súper Coco, que hacíamos rendir hasta llegar a la fuente ubicada frente a la Basílica Metropolitana, allí nos divertíamos mirando cambiar de tamaño y de forma los chorritos.

Más adelante nuestra diversión seria ver los moros en forma de sapito del salón de té Astor, nunca osamos siquiera soñar con probar uno de ellos, verlos exhibidos allí ya era un privilegio del que gozábamos solo los domingos. Otro muy parecido sería ver unos niños de cara rosadita y de ascendencia Italiana comer helado. Luego gentilmente, ellos irían a visitarnos a nuestra casa.

Nuestra casa estaba situada justo en el punto en que la calle marcaba sus diferencias.

De la mitad hacia arriba pavimentada, de la mitad hacia abajo en polvorienta tierra; como la cara de los muchos niños que en ella habitaban, nunca nos fue permitido relacionarnos con los niños del barrio. Los mirábamos a través de la reja deslizarse apeñuscados en sus suntuosos carros de rodillos, sus rostros llenos de mocos y tierra.

Los primos
Frente a la Escuelas

Cada primer viernes se paseaba el párroco Joaquín Campusano, con su monaguillo unos pasos más adelante haciendo sonar la campana, toda la muchachada corría y se postraba. Padre la bendición.- Repetían en coro -y el benévolamente alzando su mano se las impartía. Más satisfechos no podrían quedar.


Mi abuela indignada ordenaba que nos entráramos y cerrando las puertas exclamaba:”!ladrones de bata larga, y los otros ignorantes como si un pecador pudiera bendecirlos! "Ah generación impía y pecadora quién os enseñó a huir de la ira venidera!

Medellín en aquélla época, se rodeaba en su periferia por gentes en condiciones de extrema pobreza y como nada es nuevo debajo del sol, por personas que abandonaban el campo por cuestiones de violencia.

Refugio Santa Luisa de Merillac.

La sociedad de damas de la caridad de Medellín había concentrado todos sus esfuerzos en el barrio Las Estancias y en una terreno de 18 cuadras en el afluente del cerro Pan de Azúcar fundaron el refugio Santa Luisa de Merillac. El cual incluía: guardería, centro de salud, almacén de ropas, vivienda, distribuidora de alimentos-donados por la” Alianza Para el Progreso” -, casa refugio y una hermosa escuela; Que cedieron luego en administración a las hermanas vicentinas. Allí con aquellas piadosas monjas iniciamos nuestra vida escolar, con mucho temor por parte de la abuela.

El contraste de la fervorosa vida religiosa acá y allá creó en nosotros una personalidad sencillamente soñadora. Las monjas no concebían una educación sin rezos y la abuela nos tenía terminantemente prohibido participar de todo aquello, lo que provocó en nosotros deseos de aventuras.

Una soleada mañana del mes de mayo el párroco Campusano, había organizado una concentración escolar y allí nos dimos al encuentro las escuelas femeninas y masculinas del barrio. Todos los primos nos encontráramos en el atrio. Hablamos de la imperiosa necesidad que teníamos de saber que se sentía participar del sagrado rito de la comunión. El momento era propicio y entre todos en cuestión de instantes lo planeamos. Juramos no contarlo nunca en casa. Y nos dispusimos a hacerlo. Era ese día o nunca.

Nuestros problemas empezaron a la hora de la confesión .habría que decir pecados que no implicarán muchos rezos, pues ya sabéis que nos era prohibido aprenderlos .Dios odia las repeticiones─ eso decía la abuela─ Sobre todo aquellos que honraran a la diosa madre;

” Dios es uno y no es una mujer” ─ exclamaba la abuela─ ella sí que sabía. ¿Os he dicho que era sabiduría en barra?

Luego temblorosos y con aire de contrición a recibir la comunión. Las monjas aplaudieron nuestra osadía.

Pero no duró mucho nuestra dicha. De regreso al plantel, alguna compañera- que no “falte”. Le pido a Dios. Los guardianes de la norma. –acusó: Sor Rosa: Luz Estella, participó de la comunión ocho veces.

¡Ocho veces! ¡Asamblea general! Y allí está la acusada en el centro del patio.

Mi prima que todo lo resolvía con pasmosa agilidad, argumento: “¿y quién queda lleno con tan solo una hostia?”

Las monjas palidecían y nosotros suplicábamos que en casa jamás se fueran a enterar. Y nunca se enteraron. La abuela partió al cielo ignorando esa y muchas otras de nuestras “osadías”.

Con Amor, Elena L.

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